El milagro tiene un precio

El rostro de Manuel Llorente se transfigura cada vez que alguien le mienta la bicha. ¿Es ético que en plena crisis económica mundial, a la que se une la propia del Valencia, el presidente blanquinegro perciba un salario bruto anual de 360.000 euros? ¿Y que sus más estrechos colaboradores, los Gómez, incluso superen esta mareante cifra? Lo saludable para quien se adentre en el espinoso debate sería atizar el fuego y buscar el aplauso fácil; vestir el hábito del populismo para criticar una privilegiada nómina. Pero difícilmente se sostendrá la tesis sin caer en la trampa de la demagogia.

El sueldo del dirigente es, en efecto, una barbaridad, aunque no más que los seis millones que percibía Villa o los cinco que seguirá ingresando Silva si no cambia de bando. Cuando quien pasa por el tamiz del sentido común es un pelotero, los ánimos se atemperan. Son los artistas, los chicos que mantienen viva la burbuja del fútbol. Sin embargo, que unos ejecutivos se forren... Eso no está bien visto.

El argumento es falaz. Este lánguidoValencia de principios del siglo XXI está más necesitado de profesionales en los despachos que sobre el césped. La reciente experiencia con aficionados como Soler y Soriano desazona. El primero fue el problema, mientras que el segundo no aportó solución alguna.
Si Llorente salva al Valencia, su gestión no se podrá pagar con dinero. Esos 360.000 euros brutos, los mismos que cobraba en el Pamesa cuando acudieron en su búsqueda, nada que ver con los 500.000 de Wollstein, habrán sido probablemente la mejor inversión de la historia del club. El mismo argumento puede aplicarse a su mano derecha, Javier Gómez, o a Fernando, condenado a acudir con tirachinas a la cacería anual de los fichajes. ¿Y si el tránsito del actual consejo de administración no sirve para salir de la ruina? Habrá sido una decepción, otra más, quizá el golpe de gracia, y el estéril dinero del tridente se sumará al que sus antecesores dilapidaron en evitables indemnizaciones. Pero al menos valía la pena intentarlo con otro perfil de dirigentes.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 30 de mayo de 2010)

Un día para la nostalgia

Amarga efeméride. Hoy se cumplen nueve años de aquel penalti maldito que nos dejó huérfanos en Milán, del desgarrador lamento de Pellegrino, de la eufórica celebración puño derecho en alto del estrafalario Kahn. La Champions viajó a Múnich la infausta noche del 23 de mayo de 2001 mientras la afición española, roída por una decepción infinita, emprendía el retorno por la calle de la amargura. El Bayern se llevó ese asalto, pero no desposeyó al Valencia de su rol de grande de Europa. El respeto labrado con tanto ahínco no podía desvanecerse desde once metros.

Aquel equipo solemne, que había empezado a crecer años atrás de la mano de un endiablado Claudio López capaz de sonrojar con sus tropelías al cómico Van Gaal y su adlátere Mourinho en Barcelona, vivía la edad de oro. Y la bonanza se prolongaría hasta que el croché de David Navarro en el mentón de Burdisso, en una incandescente velada de fútbol-boxeo en Mestalla, anunció el albor de la decadencia.

El hado que teje el destino se maneja con maquiavélica mofa. Bayern, Inter, Van Gaal, Mourinho... Testigos hace cuatro días del mejor Valencia de la historia y protagonistas anoche de la final del Bernabéu mientras la apocada afición blanquinegra aún digiere el desencanto de ver al ídolo Villa enseñorearse del Camp Nou.

Pero es lo que hay y aceptarlo facilitará la reconstrucción. Soler hirió de muerte al Valencia y en lugar de médicos acudió en su auxilio un curandero cuyo método alternativo sólo prolongó la agonía. Con Bancaja y Llorente llegaron por fin los cirujanos y la venta de Villa ha sido la primera dolorosa amputación para salvar al club.

El Valencia continúa en estado crítico y ahora mismo nadie adivina hasta dónde habrá que cortar. Los 40 millones de Villa no dan la supervivencia, pero sí algo de tiempo para pensar. Ya no hay tanta prisa. Quien quiera a otro intocable, llámese Silva o Mata, tendrá que ganárselo, aunque ayudaría que Fernando colocara en los bajos fondos del fútbol a alguno de esos paquetes que otros trajeron y que maman de una teta ya demasiado flácida.


(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 23 de mayo de 2010)

Villa y el solar de Soler

No es fácil asimilarlo, pero la hora del adiós ha llegado. David Villa apurará esta tarde sus últimos sorbos como jugador del Valencia. Al asturiano, uno de los mejores futbolistas de la historia del club, le aguardan otros abrazos, seguramente en el Camp Nou. El vacío que su marcha dejará va a ser difícil de rellenar, pero no había elección. El Guaje es un lujo, y los lujos carecen de sentido cuando está en el aire la supervivencia.

Si ponemos grilletes al corazón, las cuentas parecen más claras. El Valencia bastante ha hecho con retrasar dos años el vuelo de su estrella. El imperialismo de Real Madrid y Barcelona no ha alterado el guión blanquinegro y al final va a ser el club de Mestalla el que decida cuándo, a quién y por cuánto vende a Villa. Como toca.

El traspaso es necesario, pero no más que el análisis de por qué se ha llegado a esta situación. La pérdida del mejor delantero de Europa simboliza el fracaso de ese modelo de gestión basado en la improvisación que ha arruinado al Valencia. Es la consecuencia de comprar un palacete sin caer en la cuenta de que antes había que vender la casa vieja; la penitencia por malgastar el dinero en evitables finiquitos e irresponsables fichajes. Los anecdóticos Fernandes y Zigic costaron 36 millones de euros, poco menos de lo que ingresará el Valencia por Villa.

A Llorente le toca afrontar la más impopular de las medidas para un presidente.Pero su responsabilidad es limitada. Sólo se le puede reprochar que no haya sido capaz de obrar un milagro. Tampoco sería justo fustigar a Vicente Soriano.Su única culpa fue alimentar la ilusión del enfermo con falsas esperanzas inspiradas en la irracionalidad.

El responsable del adiós de Villa es Juan Soler, el hombre que dilapidó las ayudas que pudieron convertir al Valencia en una de las grandes fortunas de Europa. Probablemente el constructor recurriría al bíblico «él me lo dio, él me lo quitó» para recordar que el goleador llegó de su mano a Mestalla. Pero eso que se lo susurre a Job en sus oraciones, porque si de algo anda ya justo el valencianismo es de paciencia.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 16 de mayo de 2010)

La gran decisión, tarde y mal

Sólo faltó Risto Mejide afeando con rostro circunspecto hasta la más mínima debilidad de Emery. Invitar al mediático iconoclasta a la reunión del consejo que aprobó la continuidad del técnico habría sido una guinda para la fatigosa gala de Operación Triunfo a la que éste se ha visto expuesto durante medio año.

Llorente, habituado a controlar hasta los nitratos del agua con que riega los floreros de la sede del Valencia, quiso esta vez ser uno más y acentuó así la falta de tacto con Emery. La renovación se ha abordado tarde y mal. Tarde por ética, mal por estética.

Desde hace meses intuía el presidente que tendría que ofrecer la continuidad al técnico. En privado siempre defendió su trabajo, pero en público quiso mantener ese talante severo tan característico en él, lo que convirtió al vasco en muñeco de pimpampum de grada y vestuario. Sin embargo, dando por buena la parsimonia del factótum, al menos pudo ahorrarse la sensación de juicio sumarísimo a Emery transmitida tras la clasificación para la Champions. Un profesional que cumple con creces los objetivos, que se autorrenueva el contrato con su trabajo y que es capaz de responder con silencios a la falta de cariño desde todos los flancos no merece un encierro de consejeros y dos horas de deliberación para que le ofrezcan un año más de confianza.

Porque hasta en esto falló la cosmética. Cualquier club del mundo se reúne con su técnico, alcanza un acuerdo y lo pregona en rueda de prensa conjunta. El Valencia, sin embargo, anunció una simple decisión unilateral con tufillo a falta de comunicación.

Superado el cáliz de la renovación, a partir de ahora será Emery quien aguarde noticias de ese mismo cónclave que le regateó hasta el último instante la fumata blanca. Esperará una llamada que le diga que se han vendido las parcelas y que, por tanto, no le desmantelarán el equipo. Porque ha llegado el turno de Llorente y compañía, aunque en su caso nadie se recluya en un despacho de la calle de las Barcas para decidir si merecen seguir en la academia. Esa suerte que tienen.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 9 de mayo de 2010)

Jorge Martínez 'Aspar': "Valmor seguirá en la F-1 hasta que expire su contrato"

Acude a la cita con ligero retraso. A dos meses del Gran Premio de Europa de Fórmula 1, y con el Mundial de motociclismo en ebullición, la faena se acumula para Jorge Martínez ‘Aspar’. Entre atiborradas carpetas y variados trofeos que evocan un pasado glorioso,el vicepresidente de Valmor Sports se dispone a analizar el idilio de Valencia con el Gran Circo, próximo a cumplir su tercer año. Hoy hará lo propio en el hotel Astoria, donde a partir de las 19.30 horas y con entrada libre impartirá la conferencia inaugural del ciclo de primavera del Aula LASPROVINCIAS.

–«Valencia y la Fórmula 1». Es el título de su conferencia, pero hace un lustro podía haberlo sido de una película de ciencia ficción...
–Sin duda. Si a mí mismo me lo hubieran dicho entonces, habría respondido que era imposible. Cuando al final aceptamos, todos nos hicimos cruces. Desde un punto de vista deportivo, es el reto más duro que he afrontado en mi vida.

–Superado el primer susto, ¿qué pensó cuando alguien terminó la frase y le dijo: «...y además de traer los coches, no los llevaremos a Cheste, sino al puerto?»
–En todo momento tuvimos claro que no había otra opción. O era en la ciudad o nos quedábamos sin gran premio. Existía verdadera obsesión por llevar la Fórmula 1 al puerto.

–De las carreras de 2008 y 2009, ¿con qué momento se queda?
–Estoy en parrilla el primer año, con todos los bólidos ya en sus puestos, va a darse la salida, veo las gradas llenas... Esa foto permanecerá para siempre en mi cabeza. Se me saltó más de una lágrima (todavía se le quiebra la voz al recordarlo). Fueron nueve meses infernales para finalizar a tiempo la pista. Mucha gente pensaba que no llegábamos.

–Vamos ahora a los malos recuerdos. ¿Cuál ha sido el más amargo?
–Ha habido muchísimos, aunque yo intento ser optimista. Lo negativo sólo me interesa para aprender. De lo contrario, con lo mal que están las cosas, no avanzaríamos.
–Menos calor y más vida en Valencia son ventajas que por sí solar justifican el cambio de fechas.
–Como dice, veremos una ciudad más viva, con todo abierto. Era una de las cosas que los extranjeros no entendían. Recuerdo la sorpresa que se llevó el gobierno de Singapur, un pequeño país donde todo gira en torno al comercio, al encontrarse con una Valencia prácticamente cerrada... Son cosas negativas para un evento así. Y luego está la ventaja de la temperatura, que marcará un antes y un después incluso en relación con la marina. Agosto es un mes malo para los barcos, que ya están en las islas, de vacaciones.En junio todo cambia, pues es cuando la gente empieza a salir. Por eso este año no tendrá nada que ver con los anteriores.

–¿Pero no cree que el gran premio de Valencia se aproxima ahora peligrosamente al de Montmeló en el calendario, teniendo en cuenta cómo están los bolsillos?
–No competimos con Montmeló. Barcelona tiene un circuito permanente y el nuestro es urbano. Disponemos de barcos y marina, estamos dentro de la ciudad... Contamos con unos privilegios increíbles: el enclave, la visibilidad, la accesibilidad, no hay atascos, se puede ir en taxi o metro hasta la misma puerta del circuito. Eso no existe en Montmeló, sin que se entienda como una crítica negativa. Aunque lo idóneo sería separar las fechas, es mucho más positivo estar en junio que ir a septiembre u octubre.
–Cada vez que Ecclestone habla sube el pan. El magnate de nuevo insinúa que Valencia puede perder la Fórmula 1. ¿Le preocupa?
–En ningún momento ha hablado de Valencia. Dice que quiere veinte grandes premios y, como España cuenta con dos, existe la posibilidad de que uno de ellos termine. Pero nosotros tenemos contrato para siete años, nos quedan cinco y los cumpliremos. Incluso contamos con una opción de ampliación. Vamos a estar cada vez más consolidados y espero que todo esto nos dé fuerzas para continuar. Se ha hecho un gran esfuerzo, una gran inversión que sólo tendría sentido a medio o largo plazo.
–¿Entiende las críticas al Consell por asumir el pago de los 17 millones del canon de la Fórmula 1?
–Estoy muy decepcionado. Seamos constructivos. ¿Por qué se hace en Cataluña, Andalucía, Aragón, y Valencia no puede tener lo mismo?
–¿Debería a su juicio haberse sacado la Fórmula 1 del debate político desde el primer momento, para evitar hacer de ella un muñeco de pimpapum?
–Sin duda. Incluso me encantaría que ocurriera con nosotros como con la Volvo Ocean Race, la Barcelona Race o la America’s Cup, eventos que reúnen privilegios de cara a las empresas que invierten en ellos. En España el motociclismo y el automovilismo dejan una riqueza bestial. Tenemos circuitos increíbles que nos convierten en un lugar de privilegio de toda Europa en cuanto a marcas de coches, de neumáticos, presentaciones... Todo eso se hace hoy aquí y debería tenerlo en cuenta el Gobierno de España: lo mucho que aportamos, la gran imagen que damos del país, el dinero que entra gracias al motor...

–Como empresario, ¿fue un acto de profunda insensatez embarcarse en un proyecto de tanto riesgo económico en puertas de una crisis mundial sin horizontes?
–(Ríe) Hombre, un poco de locura sí hubo, pero los datos al final nos darán la razón. Espero que todo esto se empiece a recuperar en los próximos años y alcancemos un equilibrio total. De todas formas, si tuviéramos que hacer una campaña de este calibre para situar a Valencia en el mundo, ¿cuánto valdría?

–Pero que tengan que pagar esa campaña Aspar, Bancaja o Roig...
–Es muy duro, por supuesto, pero nos espera un futuro mejor. Sobre todo gracias a Alonso, Alguersuari, De la Rosa, Hispania... Todo ayuda.

–¿Llega el momento de que otros empresarios arrimen el hombro?
–No está siendo fácil, pero Bancaja, Fernando Roig y Jorge Martínez ‘Aspar’ no entraron en Valmor para ganar dinero.

–Tampoco para perderlo.
–Nuestra idea está clara desde el primer minuto. Y ojalá alcancemos el equilibrio empresarial de cara a los próximos años de contrato.

–El año pasado perdieron 12,5 millones. ¿No es mucho?
–Hubo un desfase económico, pero la cifra no es correcta, porque estamos ante un proyecto a siete años y las pérdidas hay que distribuirlas durante todo ese periodo. Seguro que 2010 marcará la recuperación.

–¿Garantiza que Valmor continuará hasta que expire su contrato?
–No lo dude. Ese es el plan.

–¿Es Adrián Campos una persona a recuperar para la causa?
–Somos amigos desde la infancia. Me encantaría su vinculación a Valmor y a nuestro proyecto.

–Ferrari quiere en Europa occidental un parque temático como el de Abu Dhabi. ¿En Valencia?
–La relación con Ferrari es excelente. Traer las Finales Mundiales fue un avance brutal y este año nos esperan novedades importantes en el acuerdo con ellos. Visitamos el Ferrari World de Abu Dhabi y es increíble, pero hay que estudiarlo bien y esperar. Ojalá sea en Valencia.

–Pero es una utopía o un anhelo con fundamento.
–Un sueño no es, porque hablamos de algo real. La posibilidad existe, pero hay que ser realista. La situación económica no es la mejor para empezar un proyecto tan grande.

–El año pasado hubo angustia por el pinchazo en la venta de entradas.A dos meses escasos de la tercera edición, ¿cuántas hay ya distribuidas?
–No sólo fueron las entradas. Estaban las dudas en torno a la participación de Alonso, la guerra entre la FIAy los equipos... Había una situación muy fea y perjudicial. Ahora todo es diferente. Han ganado carreras un español, un inglés y un alemán, el espectáculo está garantizado y en cuanto a público hemos vendido un 30% más de entradas que el año pasado. Ojalá gane Alonso en Montmeló. Sería muy positivo para todos.

–¿La ampliación del aforo con una grada más es la evidencia de que la prueba valenciana comienza a salir del túnel de la crisis?
–Por supuesto. Además, la Fórmula 1 no son exclusivamente las 100.000 personas que pueden venir a Valencia, sino los 600 millones de telespectadores que la siguen por todo el mundo. El nivel de gente que arrastra este acontecimiento posiciona a la Comunitat en el planeta. Y a todo esto hay que añadir que pronto vamos a conocer un par de noticias muy positivas alrededor de la Fórmula 1. Si aunamos fuerzas y somos constructivos, todos ganaremos.

–¿Perjudicó a Valencia la apresurada comparación con Mónaco?
–En absoluto. En asistencia de público y como circuito, estamos muy por encima. Otra cosa es que ellos cuenten con el glamur de sus barcos, el casino y gente de un nivel distinto al que tenemos hoy por hoy aquí, pero llevan 70 años y nosotros acabamos de empezar.

–¿Qué error del pasado le obsesiona y qué mejoras debemos esperar para esta tercera edición?
–Es importante ser humildes, como hicimos el primer año con los problemas de visibilidad de la tribuna del puente. Ahora todavía se seguirá mejor la carrera, porque las gradas serán más altas y estarán mejor ubicadas. Queremos perjudicar lo menos posible a la gente en materia de accesos, montaje y desmontaje. Una de las novedades es que planeamos que se pueda pasear gratis por dentro del circuito el viernes y sábado.
–Muchos pilotos muestran recelo ante los trazados urbanos, la última debilidad de Ecclestone. ¿Qué opinaría Aspar, un hombre vinculado a Cheste, si no estuviera implicado en la organización del Gran Premio de Europa?
–El nuestro no es un circuito urbano. Está construido dentro de la ciudad, pero con una seguridad increíble, con un ancho que en su punto mínimo tiene casi 13 metros, más que Montmeló. Si Ecclestone hubiese dicho: «Puedes hacer el circuito urbano o aprovechar el permanente», yo habría modificado este último y se acabó. Pero la Fórmula 1 va en otra dirección. En la nuestra.
(Entrevista publicada en LAS PROVINCIAS el 4 de mayo de 2010)

La pesadilla

La pesadilla se repite con febril perseverancia. Trata de correr, balancea los brazos en pos de un agónico impulso, tensa al límite cada uno de sus músculos... Pero sigue en el mismo sitio. No hay forma de avanzar un solo metro hasta que un sudor frío marca otro amargo despertar. Así deshoja el calendario este Valencia, carne de psicoanalista, un club atrapado en el tiempo que ve en cada día una réplica del anterior.

La rotación presidencial no ha traído soluciones. Al megalómano Soler y su testaferro Morera les traicionó la obsesión por vivir de espaldas a la realidad, aunque mucho tuvo que ver en la enajenación el ejército de asalariados zanguangos empecinados en pintarles de rosa el negro futuro. La de Soriano era una guerra perdida de antemano. Al alquilarle la vara de mando, le anudaron un cronómetro al cogote. Aceptó lo inaceptable y su precipitación lo autocondenó a pasar a la historia del club como un cómico profeta. Tampoco Llorente ha dado con la tecla, pese a no topar con la feroz oposición que desnudó a Soler ni con el escepticismo que acompañó las andanzas de Soriano.

A un mes de cumplir su primer año de mandato, calificar de fracaso la gestión de Llorente sería injusto. El Valencia sobrevive, y no es poco, sin quemar para ello recursos como la infame ley concursal o el traspaso de sus estrellas. Pero del actual presidente se esperaba más; porque se veía en él un mirlo blanco, por su currículo como gestor de miserias y sobre todo por quién lo puso en el cargo. El Valencia de Llorente vive inmerso en un dramático déjà vu. Los titulares de prensa apenas han cambiado en doce meses. Las parcelas de Soler, sepultura de Soriano, están sin vender. La ampliación de capital se ha enquistado. Las obras del estadio permanecen paralizadas sine díe. Los grandes clubes, rivales directos hasta hace poco, intercambian cromos que no les pertenecen en un «te doy a Villa y me quedo a Silva» indignante. Justo como hace un año. Y suena el despertador. Otra vez la pesadilla, la misma sensación de impotencia.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 2 de mayo de 2010)

En manos de Cupido

Cupido hizo negocio con Soler. Aunque despidió hace mucho tiempo el acné y su bigotillo nada tiene que ver con el del conquistador Errol Flynn, el ex presidente tenía la facilidad de un adolescente para enamorarse. En cuanto asomaba la primavera se le alborotaban las hormonas y entregaba el corazón. Pero un pecadillo venial atormentaba sus romances. Inconstante como todo buen don Juan (el nombre le viene al pelo), le costaba sentar cabeza y sus idilios eran efímeros. El rompecorazones de Turís sembró de desengaños su tránsito por el Valencia. Lisonjeó a Subirats hasta que cedió a los encantos de Carboni, a quien luego despreció para flirtear con Quique. Sólo Wollstein supo atarlo corto y llevar al extremo el ‘hasta que la muerte nos separe’.

Manuel Llorente parecía otra cosa. Los tempestuosos divorcios con Roig y Benítez no hicieron más que fortalecer su imagen de hombre de empresa, que antepone el interés general al caramelo del populismo. Pero debe de ser cosa del cargo, porque la llegada a la presidencia ha descubierto a un Llorente más maleable de lo previsto en el plano afectivo. En verano se prendó de Emery, lo que dejó a Fernando en una incómoda situación. Todas las propuestas del valenciano, máximo responsable deportivo, fueron ignoradas. La lista de la compra válida era la del técnico, convertido en un pis pas en ojito derecho del jefe. Por eso vino Moyá en vez de Granero y no se contempló más alternativa que Negredo cuando la venta de Villa parecía inevitable.

Pero la pasión por Emery se apagó. A los pies del altar le surgieron a Llorente las dudas y ese clima de desamor marca las andanzas del Valencia en este sombrío fin de curso, con el entrenador debilitado ante una afición que se siente más juez que nunca y un vestuario sin miedo a despotricar en público. ¿Y Fernando? Hace tiempo que decidió aislarse del ruido y trabajar en un segundo plano, a la espera de que alguien caiga en que cobra como director deportivo. Ahora mismo sería incapaz de responder a la pregunta de qué pasará con Emery. ¿Alguien lo entiende?
(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 25 de abril de 2010)

Llorente se pasa de rosca

Manuel Llorente debería saber ya que en ocasiones el exceso de celo puede resultar tan pernicioso como la autocomplacencia. Conocida es la pericia del presidente del Valencia para extraer el máximo rendimiento de sus acólitos. El club tiene ahí un potosí. Sin embargo, a la hora de gestionar el futuro del banquillo al dirigente se le ha ido la mano con la llave inglesa. Tanto apretó que el tornillo se pasó de rosca y, sea cual sea el veredicto final, habrá daños colaterales.

Si la decisión es no renovar a Emery, Llorente tendrá serios problemas para argumentarla, pues los objetivos están virtualmente cumplidos desde hace tiempo. Pero si el técnico continúa, nadie podrá enterrar la sensación de que lo hace porque no queda otro remedio. Porque el mercado anda huérfano de sólidas alternativas al vasco y porque el jerarca blanquinegro se reserva así una coartada para el año próximo. Mantenerse en la élite continental sin Villa, Silva o Mata y con el desgaste adicional de la Champions será más complicado. Y quizá los mismos que piden la cabeza de Emery se giren entonces hacia el palco para preguntar por qué se tocó algo que funcionaba. Es la cruel ley de la vida y el fútbol.

Llorente tiene hoy una buena oportunidad para ver cómo no debe gestionarse el Valencia. Nada más antagónico que el Real Madrid. Florentino Pérez puede permitirse el lujo de la impaciencia, despedir a Pellegrini como antes hizo con Juande y traer un nuevo entrenador que le reclame otros cinco fichajes imposibles. Con la billetera en una mano y su prodigiosa agenda en la otra, seguramente se los traerá. Y vuelta a empezar en la Babilonia merengue.

No hace demasiado tiempo el Valencia también podía gestionarse así. Pero alguien antes que Llorente dilapidó esos favores institucionales y financieros inherentes al Real Madrid. Por eso el presidente tendría que enfrascarse en su jeroglífico extradeportivo y confiar en el área más saludable del club. El problema es que, aunque al final opte por el camino de la sensatez, mucho me temo que ya llega tarde.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 18 de abril de 2010)

A Platini no le gusta el fútbol

Hervía la sangre tras el escarnio del Calderón y Enrique Cerezo aceleró el proceso de ebullición. Al presidente del Atlético de Madrid su faceta de productor cinematográfico lo ha vuelto chaveta. Debió de creerse Chaplin y nos regaló una charlotada, aunque en su caso con nulo estilo y gracia. “¿Cuántas camisetas se rompen en una temporada?”, espetó el mandamás al recordársele la flagrante prueba del delito. Él, sin ir más lejos, estaba haciendo jirones la de esa utopía llamada 'fair play'. Podría haber admitido la evidencia para añadir que a su equipo lo perjudicaron en otros lances del juego. Pero el cineasta prefirió tomar el camino del indecoro, ofreciéndonos una burlesca versión de la historia del cornudo apaleado. Así también se fomenta la violencia.

El fútbol languidece por personajes como Cerezo, que lloriquean cuando sienten el hierro del error arbitral para silbar sin pudor el día en que la humana ruleta les regala un guiño. También por el inmovilismo de la UEFA, obcecada en cerrar las puertas a la ayuda tecnológica bajo el pretexto del absurdo respeto por la tradición. Como si algún aficionado fuera a añorar las pifias del colegiado de turno, a las que los grotescos jerarcas graparon la etiqueta de salsa del fútbol.

No dirijo esta diatriba contra Meyer, aunque cueste entender su negligencia. Tampoco hurgo en la ineptitud de Atkinson, inventor de un penalti frente al Werder Bremen. Ni siquiera me detendré en Chapron, quien acusó a Mathieu de autolesionarse. Merecen la presunción de inocencia, aunque sólo sea por guardar las formas. El amargo lamento va destinado a Michel Platini, alma de este imperfecto sistema. Hace bien Manuel Llorente en dar un golpe en la mesa. Discreto, porque los despachos de la UEFA saben mucho de vendettas, pero enérgico. Al Valencia le han robado unos ingresos que necesitaba para comer, la ilusión del reencuentro con Benítez, la gloria de un título... Hoy a todos nos gusta un poco menos el fútbol. Salvo a Cerezo, a quien hace gracia este remake de 'El Golpe'. Mejor que aguce la vista y ponga sus barbas en remojo.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 11 de abril de 2010)

Las cartas de Llorente

Lo que daría Llorente por comprar el tiempo y arrancar al infalible tictac alguna semana más de tregua. Pero aún hay cosas que no están en venta. Por eso ha llegado el temido abril: el mes de los prodigios o los fiascos, llamado a desnudar al Valencia, a determinar si este club nonagenario tiene futuro o tan sólo pasado.Atrás quedó el carnaval y hasta la cuaresma. Fuera máscaras. Es la hora de que el presidente descubra sus cartas.

Teorizan los ‘llorentólogos’ con que la demora en la renovación de Emery no responde tanto a una desconfianza en el técnico como a que se trata de la menor de las preocupaciones del club. ¿Qué peso merece en la agenda presidencial el futuro de un empleado si pensamos en que el acuerdo con Richard Ellis expira en dos meses y aún no hay comprador para las parcelas? ¿O en que ya tarda el crédito para reemprender las obras del estadio y liberar a la ciudad de la lesiva imagen del coliseo fantasma? ¿O en que si se dilata más el reparto de las acciones de la Fundación los adalides de la democratización del club acabarán considerados el mismo perro con distinto collar? Todo esto quedó pendiente para abril.

Por eso los focos apuntan ya al consejo, porque el resto de estamentos han hecho bien su trabajo. Emery palpa la tercera plaza liguera, más de lo que se le pidió, y Fernando tiene cerrada la próxima plantilla con muchos meses de antelación. A Ricardo Costa sólo le falta la revisión médica y a Feghouli, adaptar las condiciones pactadas con su puntilloso agente al nuevo marco tributario.

Si se van Miguel, Maduro o Zigic, no habrá que mover un dedo salvo para poner velas a la Virgen. Si emigra Silva, está Domínguez. Incluso ya se bosqueja un escenario sin Villa. De las alternativas del pasado verano, con Nilmar, Lisandro López y Gignac a la cabeza, sigue a tiro el francés, con quien cohabitan nuevos arietes de perfil bajo avalados por Fernando. El gremio del chándal cumple. Ahora falta Llorente. Aunque hace días que irrumpió la primavera, para el Valencia no acabará el invierno hasta que el plenipotenciario presidente abra las ventanas.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 4 de abril de 2010)

Emery merece seguir

La relación entre Llorente y Emery recuerda a esas rutinarias parejas tan enfrascadas en sus planes de boda que olvidan decirse de vez en cuando lo mucho que se quieren. Ambos adivinan un futuro en común, lo sobrentienden, pero la parsimonia presidencial está sometiendo la convivencia a un desgaste gratuito.

Llorente puso unas condiciones sensatas a la continuidad del técnico y ya sabe que éste las cumplirá con creces. No hay pues razones de peso para demorar la renovación; para exponer a Emery a la tortura de varias ruedas de prensa monotemáticas por semana; para que un profesional que ha hecho su trabajo desconozca si en julio estará preparando la nueva campaña o actualizando los papeles del paro.

Emery tenía la obligación de restituir al Valencia su plaza de Champions. Ocho puntos sobre el Sevilla parecen un mullido colchón, pese a que los chacales asomen hoy el morro tras la derrota en Zaragoza. Es verdad que el tránsito hacia la madre de todas las competiciones se ha revelado menos árido de lo previsto. Pero usar esta evidencia como tesis contra el técnico sería tan injusto como atribuir las ligas de Benítez a la crisis del Barça de Gaspart o el ocaso del Madrid galáctico.

El Valencia tiró la Copa, cierto, pero es el riesgo que entraña decirle a un entrenador que su futuro depende exclusivamente de un torneo. Aun así, en Europa está donde debe y el camino hacia Hamburgo no es infranqueable.

A Emery se le puede reprochar que siempre jueguen los mismos. Como a Guardiola. O algún planteamiento táctico. Como a Pellegrini. Pero son muchos los aditivos a su favor. Es difícil encontrar un futbolista que no haya llegado en su mejor versión al tramo decisivo. Se sobrepone sin sensiblerías a la retahíla de bajas en todas las líneas. Soporta estoico el pandemónium generado entre el silencio del club, la crítica de un sector de la prensa y el rechazo de la grada. Asume la venta de estrellas... Y por si fuera poco, el mercado no ofrece alternativas fiables. Emery merece seguir, pero si con todo esto Llorente aún no lo ve claro, mejor ya que no lo renueve.


(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 28 de marzo de 2010)

La copa de los muertos vivientes

Estaba escrito que el exiguo crédito de Emery ardería con las fallas. Una inmensa lengua de fuego llegaría desde Bremen para completar el rito purificador, expiar los pecados de este imperfecto Valencia y marcar el albor de un nuevo ciclo. Desde los más influyentes despachos de Pintor Monleón surgían voces que acolchaban los efectos de una eliminación europea, enfatizando en que lo sustancial es la Champions y el calendario presenta demasiados vericuetos para un equipo magullado por las lesiones.

Pero la pira tendrá que esperar. Los agoreros erraron sus cálculos. El Valencia bipolar, nitroglicerina en ataque, plastilina en defensa, se sobrepuso a la adversidad y a sus propias miserias hasta arrojar al averno a quien estaba llamado a ser su verdugo continental. Una cuenta pendiente menos. Esta ronda va por Vicente y Ortí, caídos en acto de servicio en la anterior visita a Bremen.

No será el último favor de la Europa League al club. Si lo ideal para superar un trauma es enfrentarte a él, el destino se erige en el mejor terapeuta del Valencia, al infestar de fantasmas el tránsito hacia la final. El caprichoso bombo ha querido que los dos últimos precursores serios de Emery, obviando el interregno de Voro, se erijan en diabólicos examinadores del vasco. Primero Quique, su clon, el hombre que tampoco logró palpar el corazón del valencianismo pese a su idilio con las estadísticas. Y después Benítez, san Rafael, el tótem, cuya sombra persigue a todo aquel que osa sentarse en su trono vitalicio.

Llega la hora de romper con los fetiches. Pero sin ese tremendismo tan mediterráneo que hace del club una alocada noria, según la cual Emery vuelve a estar hoy arriba para probablemente regresar mañana al cadalso pese a la dificultad de zurcir un equipo con nueve bajas. El camino hacia Hamburgo sigue siendo de rosas, aunque después de la gesta de Bremen viéramos los pétalos y tras el morboso sorteo, las espinas. Lo peor ya pasó. Ahora toca disfrutar. Si el Valencia sale airoso del trance será un éxito, pero caer ya no supondrá ningún fracaso, porque se lucha con quienes hay que hacerlo, con los mejores. Más no se debe pedir.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 21 de marzo de 2010)

Unai es dueño de su futuro

¿Renovará Manuel Llorente a Unai Emery? Eso quisiera saber Manuel Llorente. El técnico es dueño de su futuro y ya conoce las reglas del juego. Están escritas en el aire. De nada sirve lo andado. Si devuelve al Valencia a la Champions podrá continuar en el cargo. En caso contrario, sanseacabó.

A Emery le traiciona su juventud. De haber aterrizado antes en Mestalla, los méritos ya contraídos le bastarían para firmar un plan de pensiones. Si telefonea a Antonio López, sabrá lo que se ha perdido. Pero ahora rige este club presidencialista un avezado hombre de números. Lo que menos apasiona a Llorente del fútbol es cuanto ocurre en el césped. Lo suyo son los despachos, la gestión. Y para todo gestor que se precie no hay más abecé que la cuenta de resultados.

En su particular reválida, Emery tiene el aprobado en el bolsillo. Cogió un equipo que venía de luchar por la permanencia y lo ha puesto en órbita. Pero su problema es que aspira a perpetuarse en un angustiado Valencia sin margen de error y se enfrenta al examinador más exigente. El listón de estas oposiciones se halla muy alto. De notable hacia arriba, porque se requiere un técnico sobresaliente para afrontar el futuro. Y ahí ya comienza a emborronarse el expediente de Emery. Su falta de confianza en un tercio de la plantilla ha dejado exhausto al equipo. Domínguez se pregunta para qué vino. Zigic haría lo mismo de tener sangre en las venas. Y para colmo los resultados ya no acompañan.

La calle no está con él, en el club hay disparidad de opiniones..., aunque eso no debe preocuparle, porque Llorente pone las reglas de un juego perverso. Reducir la continuidad de Emery a un mero cálculo matemático entraña riesgos. La renovación debería ser cuestión de confianza, no de puntos. Lo que ocurrió con Quique ha de servir de experiencia. Pero el factótum del Valencia recita su cantinela de memoria: "Si hay Champions, hay negocio". El problema es que no la haya. Por detrás aprietan y el presidente no aceptará excusas, ni siquiera el parte de lesiones. Un futbolero transigiría; un gestor, no.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 14 de marzo de 2010)

Bremen, in memoriam

Alguien nos robó la inocencia en Bremen. En el césped del Weserstadion yacen los restos mortales del mejor Valencia de la historia, el del fabuloso triplete. Y cerca de ese campo, en alguna recóndita pared del Hilton, una placa debería rememorar que allí se hospedó el club la noche en que se selló el contubernio que lo ha abocado a la ruina.

Septiembre de 2004. Los colmillos estaban aún calientes tras la Supercopa arrebatada a dentelladas al Oporto. La brújula del voraz Valencia de Ranieri señaló al norte. «Pasajeros con destino a Bremen...», alertó la megafonía en Manises. Ortí debió subir a aquel avión, pero sus negocios lo instaron a quedarse en tierra. Esa decisión, en apariencia banal, pondría fin a una etapa dorada.

Dejó así el camino expedito a la lícita ambición de Juan Soler. Quizá alguien habló al entonces vicepresidente del popular cuento de los hermanos Grimm ambientado en Bremen y con las prisas por no perder el vuelo se equivocó de libro. Nada de animalejos melómanos. Metió en su bolsa de viaje el 'Juan sin miedo' y tras leerlo se envalentonó.

Una foto de la cena previa al partido arrasaría hoy en eBay. Compartieron mesa cuatro futuros presidentes. Pero fue luego, ya con el grupo diluido, cuando se pergeñó el pacto de café, copa y puro para desalojar a Ortí. Y con el tiempo, a Llorente. El molesto recuerdo del uno en el palco de Mónaco con Johansson y el príncipe Alberto, el excesivo poder del otro... Aquel Valencia era un manjar que debía paladear el dueño.

Por la mañana, cuando vio con oprobio su estrategia al descubierto en los periódicos, el hijo de don Bautista telefoneó a su superior: «No te preocupes, Jaime; todo es mentira». Y Jaime no lo creyó. Cuestión de instinto. Seis días después habría relevo.

Ajeno al tejemaneje, el equipo afrontó su cita en el Weserstadion. Allí dejó Vicente de ser futbolista de élite. Y allí comenzó a desmoronarse un proyecto deportivo apasionante. Pero el club ya venía lacerado de la noche anterior. En una semana volvemos a Bremen. Habría que pedir a la UEFA un minuto de silencio.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 7 de marzo de 2010)

Vodevil Club de Fútbol

Fue como encontrar una vieja carta de amor olvidada en el fondo de un cajón. Entre una montaña de papeles apareció ese maltrecho recorte de periódico, amarilleado por el tiempo. «El Valencia pone rumbo a un doblete histórico», titulé hace seis años. Aquel simple artículo, convertido en impagable hallazgo, desperezó en mí un mundo de recuerdos adormecidos: el rodillo de Benítez, la ilusión dibujada en cada rostro de la calle, la lluvia de trofeos... Borrachera de nostalgia hasta que otro recorte, un año más joven que el anterior, rompió el embrujo. Cenizo. Un henchido Soler sacaba pecho en su primer aniversario como presidente con una epatante declaración: «Prometimos dejar la deuda a cero y ahí está el resultado». Pues sí, lamentablemente aquí está.

Me sumí en pesarosa reflexión, repasando la caterva de personajes que han desfilado por el Valencia desde aquel verano de 2004. Daría para el reparto de una comedia, pero no del sutil Billy Wilder, sino algo grotesco, propio del humor grueso de Santiago Segura.

Imagino la escena. Luz tenue, casi penumbra. El antepalco de Mestalla recuerda al camarote de los hermanos Marx. Suavemente, la cámara escruta rostro a rostro. Un amostachado capitalista, espléndido él, ha montado una oficina permanente de atención al indemnizado. No da abasto. Otro tipo de aspecto atildado dice no sé qué de la venta de unas parcelas y anuncia la visita de un prestidigitador argentino, ducho en la farsa del nada por aquí, nada por allá. Un alopécico encapuchado se suma al esperpento. Tras él irrumpe un orondo pelirrojo. Ojea su curioso manual, que versa sobre cómo convertir ídolos en barro. Responde al apodo de Tintín. Si Hergé levanta la cabeza, le mete una demanda. Hay otros muchos, a cada cual más hilarante.

En dos meses saldrán a la venta las acciones de la Fundación. Quien ame a esta sociedad deberá dar un paso al frente, hacer un esfuerzo para que la propiedad quede lo más atomizada posible. Mirar al pasado ayuda a encarrilar el futuro. El Valencia no puede ser nunca más el Vodevil Club de Fútbol.


(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 28 de febrero de 2010)

La maleta de Llorente

En el deporte contemporáneo, donde todo está inventado, cada vez son más importantes los pequeños detalles. Miguel Induráin, por ejemplo, ganó cinco Tours y dos Giros por la cara. Literalmente. Ni su golpe de riñón ni el vigor de sus piernas erosionaban tanto la moral de los rivales como su rostro impertérrito. Por mucho que sufriera, nadie lo apreciaba. Jugador de póquer, congelaba el rictus hasta robar al pelotón las ganas de pedalear.

Otro detallista. Jorge Garbajosa tiene una peculiar forma de calibrar la ambición de un deportista. Su unidad de medida es, pásmense, el calzoncillo. Y aporta argumentos irrefutables. En torneos como la Copa de baloncesto, que se dirimen en pocos días y bajo el formato de la muerte súbita, el gigantón madrileño barema la autoconfianza de los jugadores en función de los calzones que embuten en su maleta antes de la partida. Si llevan cinco es que aspiran al título, pero si viajan con pocas mudas...

Manuel Llorente ha heredado algo del temple de Induráin. El Valencia está mucho más cerca del abismo económico de lo que cualquiera de nosotros imagina. Y a pesar de ello el presidente oculta bajo una sonrisa sus ganas de llorar.

Tampoco anda corto de ambición, pero sin embargo difícilmente superaría el test de Garbajosa, ya que ahora mismo no sabría cuántos calzoncillos meter en su maleta para el incierto viaje que se avecina. Es tal la agonía financiera del club que nadie juicioso trazaría planes a dos semanas vista.

Se agolpan las preguntas sin respuesta. ¿Renovará el técnico? La idea es que sí, pero siempre que vaya a la Champions. Aunque ha aprobado los exámenes parciales, le queda el de junio. Y si suspende, en la recuperación de septiembre otro ocupará su pupitre. ¿Se irán Villa o Silva? Nadie lo desea, pero ya no queda dinero bajo las piedras... ¿Se reanudarán en abril las obras del estadio? Eso parece. Es la fecha en que debería llegar ese crédito tan salvador como inverosímil. Y hasta ahí se puede leer, porque no hay más. Todo son conjeturas. Y hoy por hoy quien diga que lo tiene claro ejerce de pitoniso o va de farolero.

(Artículo publicado el 21 de febrero de 2010 en LAS PROVINCIAS)

El oro de Mestalla

Ni se le conocen dotes para la alquimia ni trajo la piedra filosofal en su hatillo. Sin embargo, es plausible la habilidad de Emery para transformar el plomo en oro. Mientras un sector del valencianismo invoca al espíritu autodestructivo de este club cada vez que el técnico trastabilla, los jugadores lo veneran. Y no es para menos. Salvo el trapisondista Miguel, casi todos han mejorado bajo sus órdenes. Lo dicho, plomo en oro.

Aciagos minutos como los primeros de ayer en El Molinón aclaran la vista. Encabeza la tercera defensa más sólida de España un guardameta de 38 años que contaba los meses para la retirada cuando recibió la llamada de su vida desde un despacho de la calle Pintor Monleón. César llegó fuera de forma y ahora iría al Mundial de no pesarle el DNI como una losa. Completan esta granítica retaguardia un trotamundos lateral del Almería que se enfunda la camiseta de un grande con 29 tacos, un desconocido que a los 26 no había salido de Castellón, un ex valencianista que ha pasado de despojo deportivo a bastión tras dar tumbos por la vida y un francés que vino sin mentalidad defensiva ni mayor bagaje que el Sochaux y el Toulouse.

Apostar por ellos como titulares del Valencia hace medio año habría dado dinero. Eran plomo. Hoy presentan un balance defensivo comparable con la rocosa etapa de Benítez. El alquimista de Mestalla los ha transmutado en oro.

La historia se repite en las otras líneas del equipo. Banega ha ido encontrando la motivación al tiempo que perdía los kilos de más. Condenado a ser el mejor amigote de Miguel, se ha transformado en uno de los grandes centrocampistas de Europa. Comparte tareas con Albelda, otro de los rescates de Emery. Frente a ellos siguen deslumbrando Silva y Villa, recuperados psicológicamente tras su no traspaso estival.

Emery no exhibe un ilustre linaje futbolístico que le sirva de parapeto. Ni se llama Míchel ni se apellida Guardiola. Llegó a la cima sólo con trabajo. Y si esto no se tuerce mucho, la voluntad de Llorente es que lo siga teniendo a partir del 30 de junio.

(Artículo publicado el 14 de febrero de 2010 en LAS PROVINCIAS)

Emery, a muerte con la grada

Si Unai Emery fuera boxeador, destacaría por su capacidad para encajar golpes sin doblar las rodillas. Si se dedicara a la política, difícilmente lo pillarían en un renuncio. Pero es entrenador de fútbol y se sienta cada dos domingos en el banquillo eléctrico de Mestalla. Toda una prueba de madurez para un técnico de 38 años que en temporada y media ha aprendido a morderse la lengua y calcular milimétricamente su discurso como el más experto orador; a aguantar las críticas objetivas y también las interesadas con la misma sobriedad con que reaccionaría encima de un cuadrilátero.

Siempre positivo, que diría Van Gaal. Las envidiables estadísticas de Unai compiten con las mejores de la historia del Valencia, pero no han servido para ablandar el duro corazón de una afición exigente como pocas. El técnico, sin embargo, se resiste a admitir la evidente falta de química con la grada. Prefiere ver la botella medio llena, y esa línea de exacerbado optimismo lo conduce incluso a sentirse capaz de reconvertir al indisciplinado Miguel o al indolente Fernandes como antes lo hizo con un Banega que ha pasado de bluf a estrella en un milagroso pis pas.

Estas son algunas de las conclusiones que arrojó ayer su paso por la tertulia del programa «Juego Limpio» de LAS PROVINCIAS Punto Radio (92.0 FM), celebrada en el restaurante Casa Navarro de Alboraya.

Tuerce el morro cuando le hablan de su renovación. Ya esquivaba ese debate en noviembre y lo sigue haciendo en febrero, a pesar de que dentro de tres meses estará técnicamente en el paro. Y lo argumenta. «El tema me violenta por una cuestión de coherencia. Si yo pido a un futbolista que no esté pendiente del Mundial, ¿cómo voy a pensar yo en mi futuro? Sería un egoísta».

Las partes parecen condenadas a entenderse. Emery se muere de ganas por continuar en el Valencia, pero no lo dice. Llorente está convencido de que el vasco es su técnico, aunque no da el paso. Lo lógico es que sea cuestión de tiempo, de buscar el momento idóneo para el apretón de manos. «Hace tres semanas ya dije en rueda de prensa que no era el tema, pero ese mismo día avancé que trabajo muy a gusto aquí». Es la máxima concesión de un técnico obsesionado por blindar sus emociones. «Mi corazón tiene muchísimo sentimiento, pero yo hago una coraza para que no salga».

No ve enemigos en la grada de Mestalla, a pesar de que tuvo que oír silbidos ante el Valladolid con un cómodo 2-0 en el marcador. Sabe que su éxito en el Valencia pasa por la habilidad que atesore para aglutinar voluntades hoy por hoy divergentes. Y regala elogios. «La afición es la parte mas importante de este tinglado. Sin ella no habría jugadores ni estadio ni nada. Veo lógico que apriete, porque yo soy la persona que toma las decisiones. Por eso hay que respetarla muchísimo y atraerla hacia el equipo».

En esa cotizada banqueta donde se sienta fueron vituperados antes que él colegas como Héctor Cúper, Quique Sánchez Flores y hasta Rafa Benítez. Emery huye de tremendismos. «No es algo que pase sólo en Valencia. Un entrenador está expuesto al juicio final de los resultados. Lo que ocurre es que hay más exigencias en unos sitios que en otros y aquí son especialmente altas».

El entrenador blanquinegro se considera preparado para aceptar las quejas que llegan desde la grada, aunque asegura que en la calle encuentra más cariño que rechazo. «Me mataré por que la gente esté satisfecha, ya que el ambiente de crispación no es bueno», llega a proclamar. Lo que no entiende son las campañas orquestadas contra él desde diversos foros. «Soy primero persona y luego entrenador. Entiendo las críticas encaminadas hacia mi profesión, pero no las que superan la barrera del Unai Emery persona. Y en algunos caso está ocurriendo. Eso sí es reprochable».

Su Hondarribia natal pudo tener en él un buen psicólogo. Los aspavientos en la banda que tanta gracia parecen hacer a Miguel forman parte de la filosofía vital del técnico del Valencia. «Quiero dar así confianza al equipo, que en el campo no se venga abajo, transmitir optimismo». Y si de rebote el entorno se contagia, miel sobre hojuelas. «Sería fenomenal que eso mismo lo hiciese la afición durante los 90 minutos. El futbolista agradece enormemente esa ayuda. Un equipo en inercia positiva da mucho más».

En el diván de Emery se sentó en verano un errático Banega que hoy cautiva con su fútbol. El próximo en pasar por el confesionario bien podría ser Manuel Fernandes. El técnico lo ve perfectamente recuperable. «La solución está en sus manos. Es joven y tiene un potencial muy grande como futbolista si se centra. Debe trabajar en una dirección de exigencia, pero ya ha demostrado que puede hacerlo».
El culmen de los milagros sería reconvertir a Miguel. Emery tampoco arroja la toalla. De hecho, se esfuerza por restar trascendencia a las burlas del portugués durante el partido ante el Valladolid. Tanto él como el club consideran que sólo fue una niñada. «Yo naturalizo mucho. Tengo que centrar mis energías en que Miguel esté con el equipo y preparado para jugar».

Sin embargo, el técnico del Valencia insiste en que no se confundan el diálogo y la mano tendida con una falta de autoridad en el vestuario. Iván Helguera puede dar fe de ello. «Hay un código de respeto y si alguien rompe las normas debemos actuar, aunque siempre de la manera que menos perjudique al equipo. Pero que nadie dude de que hay una línea trazada desde la comunicación y la confianza. Los jugadores que no han seguido ese camino están fuera».

«Estoy seguro de que Banega aún no ha llegado a su techo»

«Tienes que centrarte en el fútbol. Es tu vida y te permitirá luego disfrutar como quieras de tu tiempo de asueto. Hasta ahora lo has hecho al revés. Sólo dedicas unos pocos ratos a tu profesión. Así no vas a llegar. Está en tus manos, tienes que entrenar y si mereces quedarte en el Valencia te quedarás. Pero ahora mismo, si te digo la verdad, con lo que has hecho no vale». Emery no olvida las crudas palabras que dirigió a Éver Banega en pretemporada. El argentino reaccionó y en estos momentos nadie sabe dónde se encuentra su techo profesional. «Estoy seguro de que aún no ha llegado a él, pese a que juega a un nivel muy superior incluso a lo que yo podía imaginar», subraya Emery.

El éxito de Banega acelera la decadencia de Baraja. El entrenador del Valencia hace un guiño al histórico centrocampista: «Quiere jugar más, ayudar, y todo eso es positivo. Pone mucho de su parte. Por supuesto que cuento con él».

Incluso el eterno secundario Zigic tiene su minuto de gloria: «Lo considero un gran futbolista. El problema es que este equipo se ajusta a una idea de juego muy definida. Tenemos gente rapidísima arriba que cuando se conecta con rapidez y espacios a la espalda es demoledora. Y cambiar eso cuesta».

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 10 de febrero de 2010)

Valencia is different

Valencia is different». El rancio lema guiri conserva su vigencia a orillas del Turia. Pocas aficiones hay menos resultadistas que la de Mestalla. Cúper tuvo que huir por una ventana después de vivir dos finales de Champions consecutivas. La grada jamás sintonizó con Quique pese a que hizo olvidar el desafortunado 'remake' de Ranieri y bajo su mandato el equipo recuperó el puesto entre los grandes. En el súmmun del idealismo, aquí ni se celebró el último título de Copa, por mucho que en su historia el club sólo tenga otros seis trofeos como ese.

Aunque a nadie amarga un dulce, la afición del Valencia no vive pendiente del videomarcador. Las formas pesan tanto como el fondo. Lo más importante es la victoria, pero también cuenta el camino elegido hasta llegar a ella. El buen juego y sobre todo la ambición son inexcusables atributos para el aventurero que quiera conquistar el exigente paladar blanquinegro.

La filosofía de Emery armoniza con este mensaje. El discurso monocorde del técnico y su habitual afabilidad se alteran cuando alguien se atreve a insinuar, incluso en la intimidad de un vis a vis, que a su fútbol le falta codicia. La comparecencia previa al partido ante el Valladolid tuvo mucho de golpe en la mesa. El vasco se aflojó al fin la mordaza. Adiós a la conservadora tesis del «partido a partido». El Valencia está obligado a ser tercero en la Liga y es favorito para conquistar el sucedáneo continental.

Pero ahora queda pasar de las palabras a los hechos. En el fútbol no existen los postulados. Hay que demostrar lo que se piensa, y ese espíritu ganador que anida en los genes del entrenador blanquinegro está reñido con algunas de sus recientes decisiones. Cambiar a Banega por Marchena en Tenerife, cuando queda un cuarto de hora y se está empatando, no es ambicioso. Presentarse en Sevilla con mucho músculo y poco cerebro, menos aún.

El triunfo ante el Valladolid marca el camino. El Valencia ganó, pero lo más loable es que encaró el partido como un grande. Unai debe pensar en Cúper o Quique y no consultar la clasificación hasta el lunes.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 7 de febrero de 2010)

Los sueños rotos

Felinos y (casi) cuarentones, Palop y César han encontrado la felicidad en el bulevar de los sueños rotos que dibujó Sabina. Cuando Andrés pateaba latas por las calles de l’Alcúdia, abrazaba una obsesión infantil: reinar bajo los palos de Mestalla. Mereció culminar aquella fantasía, pero topó con Cañizares, una pantera en el campo y un lince a la hora de explorar los límites del «o tú o yo». Paralelamente, en Coria, César se imaginaba haciendo historia con la camiseta de un grande. Aunque el trabajo lo llevó a ser titular con el Madrid en una final de Champions, una lesión y la irrupción del insolente genio Casillas le robaron las portadas.

El presente sería muy distinto para ellos de haber coincidido bajo un mismo escudo. Palop echó en falta en su día a un compañero honesto como César. Y éste habría preferido jugársela con un veterano en vez de un niño prodigio.

Sus vidas discurrieron paralelas. Rebasados los treinta, gozaban de un sólido puesto de trabajo y un sueldo indecente en la empresa donde siempre anhelaron perpetuarse. Pero en realidad eran dos parados con empleo fijo. El gusanillo escarbaba en su orgullo profesional. Criados en la época en que los maestros de escuela pasaban hambre y sólo los padres comían huevos, ni Andrés ni César querían acomodarse en su jaula dorada.

Como hacen tantos colegas suyos cuando los años pesan más que la ambición, pudieron mirar al fútbol como quien escruta las cláusulas de un plan de pensiones. Vencieron a esa tentación. Al igual que el buen aficionado al cine paladea hasta los títulos de crédito, ellos decidieron convertir su otoño deportivo en primavera.

De la mano sin saberlo, se fueron de casa para triunfar. Palop es emblema del mejor Sevilla de la historia y César, que llegó con la humildad de un becario, seis meses a prueba, se ha ganado dos renovaciones contra pronóstico en Mestalla. Los viejos zorros de vidas simétricas miden hoy sus fuerzas. Estaremos con el cacereño, pero los paradones del valenciano dolerán menos. Aunque pace lejos de casa, es también uno de los nuestros.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 31 de enero de 2010)