El fútbol valenciano se cita con la historia

Sabe a historia, a espectáculo del bueno, a torrente de emociones desbordantes y a rivalidad sana. La historia llama a la puerta del fútbol valenciano en una temporada singular. Hacía 20 años que no coincidían en Primera División tres equipos de la Comunidad, y han pasado 40 desde la última vez que los dos grandes de la capital compartieron singladura en la cresta de la ola. Habrá tiempo de sufrir. Ahora toca disfrutar.
Valencia, Villarreal y Levante desafían la ley de la gravedad balompédica. Los tres apuntan muy alto, altísimo, tal vez más de lo que nunca lo han hecho. En Mestalla las celebraciones se solapan, después de que el equipo haya llenado del mejor oporto otra nueva copa, la tercera en un año embriagador. Además, Vila-real vuelve a aparecer en todos los mapas de carretera continentales y la grada de Orriols rezuma ilusión.
Convendría, en plena cuesta abajo, no perder de vista el freno de mano. Sobre todo blanquinegros y azulgrana, más habituados a nadar en aguas bravas que en la balsa de aceite actual.
Un buen ejemplo de ello fue el Valencia del doblete, máquina imperfecta que funcionó a las mil maravillas. En medio de la más absoluta inestabilidad accionarial, el entrenador no se hablaba con el secretario técnico y éste no podía ver ni en pintura al director general. Pero del caos surgió la grandeza. La plantilla se aisló de los problemas, hizo de ellos su hábitat natural y llovieron títulos en una memorable primavera.
El panorama actual es muy distinto. Cuando el valencianismo se había acostumbrado a tan explosivo cóctel, desaparecieron de un plumazo casi todos los referentes de las luchas intestinas en este club. Rafa Benítez, el quejicoso entrenador que acababa de escribir la página más gloriosa de la historia del Valencia, se marchó a Liverpool despotricando. Jesús García Pitarch, el técnico que confundía lámparas con sofás al amparo de una economía de guerra, perdió su descabellada batalla contra el director general Manuel Llorente y fue despedido de manera fulminante. Y Paco Roig, la amenaza fantasma del consejo, el hombre que estuvo a un paso de camelar a Bautista Soler para regresar al sillón presidencial, sustituyó el rol de comprador por el de vendedor y ahogó con un mareante puñado de millones sus delirios de grandeza.
El consejo decidió que había que cambiarlo todo para que nada cambiase. Tras el hartazgo de celebraciones, la afición se encuentra súbitamente ante un Valencia desconocido, sin Benítez, García Pitarch y Roig. ¿Funcionará igual la máquina? El tiempo lo dirá. En Mónaco se dio el primer paso.
También el Levante anda de revolución. El lavado de cara en su salto de fe ha sido integral. Pedro Villarroel hará de Antonio Blasco, Bernd Schuster de Manuel Preciado, el Ciudad de Valencia parece otro, nueve fichajes elevan el nivel de la plantilla e incluso las históricas barras azulgrana de su clásico jersey se han quedado en Segunda. El club no quiere estar de paso por la gloria. Nunca se ha escrito nada de un cobarde.
Lo mismo debió pensar Fernando Roig. El Villarreal está dispuesto a reeditar la que hasta ahora ha sido su mejor temporada. De nuevo ha entrado en la UEFA a través de la Intertoto, el equipo deslumbra por la magnificencia de su fútbol y cada vez se parece más a aquel Deportivo que despertó con los años noventa para reivindicar una plaza entre los grandes. Se permite soñar.
(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 6 de septiembre de 2004)

No hay comentarios:

Publicar un comentario