La diferencia está en el palco

Renovarse o morir. Pocos equipos de élite han prolongado su supremacía más allá de un lustro. No lo lograron el Madrid de la Quinta del Buitre, el Dream Team de Cruyff o el legendario Superdépor. La historia se repite ahora y el relevo generacional llama a la puerta del fútbol español.
Sin embargo, Valencia, Real Madrid y Deportivo, absolutos dominadores en este arranque de siglo, han reaccionado de forma muy distinta ante situaciones críticas. Mientras merengues y blanquiazules se descomponen, el club de Mestalla se ha regenerado sin perder potencial futbolístico.
Florentino Pérez y Jaime Ortí afrontaron la temporada en aparente igualdad de condiciones. Al primero no le servía Queiroz y al segundo le dio calabazas Benítez. El Madrid partió de cero porque quiso; el Valencia, porque no tuvo más remedio. Y ambos eligieron caminos similares para salir al paso, recurriendo a entrenadores de la casa cuyo carisma aplacara a las masas.
Pero hay una gran diferencia entre los dos clubes, y ésta no se sienta en el banquillo, sino en el palco. En Ranieri se creyó y en Camacho no. Al italiano lo escogieron para reconducir el titubeante rumbo del nuevo Valencia, mientras que el murciano sólo fue un recurso electoral. Y esto se refleja en el campo.
El consejo blanquinegro, entregado a los deseos de su técnico, aceptó que si apostaba por Ranieri debía estar dispuesto a morir con él y le trajo cuanto pidió. Por eso el Valencia conserva el aroma del doblete.
Justo lo contrario de cuanto sucede en la multinacional de Florentino, más empeñado en el proselitismo que en armar un equipo de fútbol. Camacho quería a Vieira y le impusieron a Owen. Cero en planificación deportiva y otro tanto en disciplina. Si Ranieri se exalta, nadie le tose. El de Cieza, por el contrario, ha sido fagocitado por una pléyade de endiosados figurines a los que se les pasó el arroz.
En todos los sentidos, el Valencia es un equipo joven y el Madrid viejo. Como el alicaído Dépor, asfixiado por las deudas y cuyo referente sigue siendo, a los 36 años, Mauro Silva.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 22 de septiembre de 2004)

El fútbol valenciano se cita con la historia

Sabe a historia, a espectáculo del bueno, a torrente de emociones desbordantes y a rivalidad sana. La historia llama a la puerta del fútbol valenciano en una temporada singular. Hacía 20 años que no coincidían en Primera División tres equipos de la Comunidad, y han pasado 40 desde la última vez que los dos grandes de la capital compartieron singladura en la cresta de la ola. Habrá tiempo de sufrir. Ahora toca disfrutar.
Valencia, Villarreal y Levante desafían la ley de la gravedad balompédica. Los tres apuntan muy alto, altísimo, tal vez más de lo que nunca lo han hecho. En Mestalla las celebraciones se solapan, después de que el equipo haya llenado del mejor oporto otra nueva copa, la tercera en un año embriagador. Además, Vila-real vuelve a aparecer en todos los mapas de carretera continentales y la grada de Orriols rezuma ilusión.
Convendría, en plena cuesta abajo, no perder de vista el freno de mano. Sobre todo blanquinegros y azulgrana, más habituados a nadar en aguas bravas que en la balsa de aceite actual.
Un buen ejemplo de ello fue el Valencia del doblete, máquina imperfecta que funcionó a las mil maravillas. En medio de la más absoluta inestabilidad accionarial, el entrenador no se hablaba con el secretario técnico y éste no podía ver ni en pintura al director general. Pero del caos surgió la grandeza. La plantilla se aisló de los problemas, hizo de ellos su hábitat natural y llovieron títulos en una memorable primavera.
El panorama actual es muy distinto. Cuando el valencianismo se había acostumbrado a tan explosivo cóctel, desaparecieron de un plumazo casi todos los referentes de las luchas intestinas en este club. Rafa Benítez, el quejicoso entrenador que acababa de escribir la página más gloriosa de la historia del Valencia, se marchó a Liverpool despotricando. Jesús García Pitarch, el técnico que confundía lámparas con sofás al amparo de una economía de guerra, perdió su descabellada batalla contra el director general Manuel Llorente y fue despedido de manera fulminante. Y Paco Roig, la amenaza fantasma del consejo, el hombre que estuvo a un paso de camelar a Bautista Soler para regresar al sillón presidencial, sustituyó el rol de comprador por el de vendedor y ahogó con un mareante puñado de millones sus delirios de grandeza.
El consejo decidió que había que cambiarlo todo para que nada cambiase. Tras el hartazgo de celebraciones, la afición se encuentra súbitamente ante un Valencia desconocido, sin Benítez, García Pitarch y Roig. ¿Funcionará igual la máquina? El tiempo lo dirá. En Mónaco se dio el primer paso.
También el Levante anda de revolución. El lavado de cara en su salto de fe ha sido integral. Pedro Villarroel hará de Antonio Blasco, Bernd Schuster de Manuel Preciado, el Ciudad de Valencia parece otro, nueve fichajes elevan el nivel de la plantilla e incluso las históricas barras azulgrana de su clásico jersey se han quedado en Segunda. El club no quiere estar de paso por la gloria. Nunca se ha escrito nada de un cobarde.
Lo mismo debió pensar Fernando Roig. El Villarreal está dispuesto a reeditar la que hasta ahora ha sido su mejor temporada. De nuevo ha entrado en la UEFA a través de la Intertoto, el equipo deslumbra por la magnificencia de su fútbol y cada vez se parece más a aquel Deportivo que despertó con los años noventa para reivindicar una plaza entre los grandes. Se permite soñar.
(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 6 de septiembre de 2004)

Un sueño preciado

La frontera entre el sueño y la pesadilla puede llegar a ser muy tenue, casi imperceptible. El Levante ha pasado cuatro décadas en tinieblas, preso del anhelo de retornar a la élite del fútbol español. Y a medida que estas aspiraciones topaban con el infranqueable muro de la racionalidad, daban paso a la frustración, la desesperación y la obsesión.

La travesía del desierto ha durado demasiados años. Hace falta ser ya cuarentón para recordar al equipo de Orriols, al icono de los Poblados Marítimos de Valencia, en Primera División. Pero hasta la más nigérrima de las noches tiene su amanecer. El Levante vuelve a ocupar un asiento entre los grandes de España.

Misión cumplida. El valor de cualquier logro depende en gran medida de cuánto se ha deseado, de la sucesión de sinsabores, lágrimas o decepciones que han jalonado el tortuoso camino que conduce hacia él. Y en el caso del equipo azulgrana, han sido tantos y tan duros los azotes de la adversidad que la euforia está más que justificada.

El ascenso granota completa el año más brillante de la historia del fútbol valenciano. No hubiera sido justo que, en medio del festín deportivo, el Levante quedara huérfano de gloria.Muchos nombres propios afloran a la hora de analizar el renacimiento de este club casi secular. Sin embargo, vale la pena detenerse en dos, el del presidente, Antonio Blasco, y sobre todo el del entrenador, Manuel Preciado.

El uno ha sabido dar estabilidad a la entidad, sofocando cualquier deseo de protagonismo en pos de un bien común, y el otro ha cambiado la mentalidad del equipo, ahora ya incuestionablemente ganadora.Para el técnico ha sido una temporada muy difícil. Ha tenido que torear con el sino de un club donde el ascenso estaba más próximo a la vehemencia que a lo onírico. Tuvo que ver cómo, pese a su inmaculada trayectoria, era cuestionado de forma casi permanente, y aprendió a convivir con la falta de confianza de quienes ya le redactaban el finiquito antes incluso de saber si alcanzaría, como lo ha hecho, los objetivos para los que fue contratado.

Conviene, sea como fuere, mirar al futuro con ilusión. Cerrar los ojos y soñar, otra vez soñar, ahora con la permanencia. Tras un gran desafío, llega otro aún mayor, aunque el tránsito por la Primera División, más o menos largo, más o menos exitoso, debe ser una fiesta al margen de los resultados.

La ambición y la dignidad que invitan a perpetuarse en la cima del fútbol nacional no están reñidas con la sensatez de disfrutar del momento. El Murcia puede ser un buen ejemplo de lo que ocurre cuando no se tiene los pies en el suelo. Es también la hora de pasear con orgullo las enseñas azul y grana. Sociológicamente, la devoción por un club de fútbol imprime carácter. Y los granotas, por lo general susceptibles a fuerza de agravios, injustamente faltos de cariño y habituados a nadar contracorriente, a vivir al margen del sistema y a reprimir los sentimientos muchas veces eclipsados por el irreductible Valencia, deben ahora sacar pecho, porque éste es también su año. El año del Levante.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 11 de junio de 2004)

El Valencia toca techo

Si quedaba algún atisbo de pasión contenida, ésta se desbordó en la mágica noche del pasado domingo. Si la hemorragia de celebraciones que ha vivido el Valencia dejó alguna lágrima de emoción por verter, seguro que no resistió los acordes del 'We are the champions' de Queen, convertido en himno mundial del fútbol.
Cuando todos los límites parecían ya superados, Mestalla volvió a enloquecer. Vivió con inenarrable intensidad la última gran fiesta de la temporada, en la que por fin las dos copas del doblete se vieron las caras sobre el verde tapete de los sueños ya nunca más prohibidos.
Los 53.000 apasionados del fútbol que asistieron al partido contra el Albacete tienen sobrados motivos para mirar al futuro con optimismo. Pero quizá no todos ellos sean conscientes del momento histórico que viven.
El Valencia ha culminado un ciclo sin parangón. En cinco años gloriosos ha conquistado dos ligas, una Copa del Rey, una Supercopa de España y una Copa de la UEFA. Además, fiel a la máxima de que para ganar una final hay que perder muchas otras, hincó dos veces las rodillas en las puertas del nirvana balompédico, cuando ya acariciaba con las yemas de los dedos la cotizada Champions League.
Cinco títulos y dos subcampeonatos jalonan un lustro glorioso. Pero, aun siendo demoledor el fondo, todavía lo es más la forma. En el cenit de la historia del club han desfilado tres entrenadores por Mestalla. Cúper hizo olvidar a Ranieri, Benítez a Cúper y los tres son inolvidables al mismo tiempo. El sillón presidencial ha tenido dos inquilinos. El Valencia ha vivido permanentes luchas intestinas entre sus accionistas. Las deudas mantienen congelada la plantilla desde hace años, y la ausencia de refuerzos ha venido agravada por la traumática salida de ídolos como Claudio López o Mendieta.
Pocos clubes hubieran superado tan duros mazazos. El Valencia, por el contrario, ha ido sumando éxitos mientras los agoreros pronosticaban un permanente fin de ciclo, preámbulo de hipotéticos abismos deportivos, que por fortuna nunca llegaron. Ahí reside el mérito del club. Su grandeza. Ha aprendido a estar por encima de entrenadores, presidentes y jugadores.
Eso es lo que ahora debe valorar la afición. Los 53.000 incondicionales que vivieron en Mestalla el epílogo de la temporada, y todos aquellos que hubieran deseado hacerlo, deben mirar al futuro con esperanza. Pero lo realmente importante es disfrutar del presente. Un vistazo al pasado no tan lejano, a aquellos crudos inviernos que la euforia ya ha enterrado en el olvido, ayuda a entender mejor lo privilegiado de esta generación de valencianistas. Entonces el gozo será todavía mayor.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 27 de mayo de 2004)

La volatilidad del fútbol

El fútbol ha sido justo con el Valencia. El rodillo de Benítez no merecía otro premio que la victoria liguera, tras protagonizar un final de temporada inmaculado. Mientras en Madrid se adoraba al becerro de oro, Mestalla ha disfrutado de un equipo con menos glamur, pero de estructura rocosa, fiel exponente del fútbol total.
El desenlace liguero ha puesto de manifiesto muchas realidades. Una de ellas, la valentía y la honestidad de Benítez. Para un técnico al que se niega el pan y la sal en el capítulo de refuerzos, nada hubiera sido tan fácil como jugar siempre con su once de confianza, olvidar las arriesgadas rotaciones y precipitar así un seguro fracaso deportivo más nocivo para el consejo que para un entrenador con coartada.
Otras muchas conclusiones se pueden extraer del triunfo del Valencia, pero casi todas ellas conducen a un principio general: la volatilidad del fútbol. ¿Quién hubiera intuido este orgasmo balompédico aquella ya lejana noche del 28 de enero, cuando la eficacia del Madrid ahogó los sueños de remontada en la Copa del Rey y la fiesta del valencianismo se tornó en un velatorio con gritos contra el consejo de administración?
Poco más de tres meses después, el Valencia es campeón de Liga, acaricia un doblete histórico y el presidente de aquel vituperado grupo rector se ha erigido en un dios para la afición. Si se quiere entender este mundo de locos, a veces no queda más remedio que recurrir a la tópica filosofía de Boskov: fútbol es fútbol.
No sólo Ortí ha comprobado la ilógica lógica de un deporte tan visceral como éste. Roberto Fabián Ayala ha pasado en pocos meses de portar el estigma de pesetero e ingrato a convertirse en lo que nunca dejó de ser: un profesional que dará todo por el Valencia mientras porte su escudo en el pecho. Y eso es mucho cuando se habla del mejor defensa central del mundo.También Rufete sabe lo que significa la transición de villano a héroe. Y Curro Torres... Y el mismísimo Valencia, por quien nadie hubiera apostado tras la concanetación de derrotas frente al Barcelona y el Espanyol.
La resurrección en la Liga tuvo día y hora. El punto de inflexión llegó en Mestalla ante el Deportivo. Aquella noche el Valencia, a ocho puntos del líder, ganó sin merecerlo. Con un jugador más que los gallegos, su agonía hizo prever un desfondamiento letal.
Pero este equipo se confeccionó con la misma madera que su técnico. Se rehizo, recogió de los suelos la autoestima y convirtió el tramo final de la Liga en un espectacular eslalon, fruto de obstáculos que sorteó sin vacilar.
El Valencia superó las lesiones, sobre todo la de su estrella mediática. Aguantó los embates procedentes de Madrid. Soportó arbitrajes demenciales. Se abonó a los récords y reconquistó la Liga como lo hacen los grandes equipos: sin esperar a la photo finish. Enhorabuena, campeones.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 14 de mayo de 2004)

El Valencia pone rumbo a un doblete histórico


Valencia, 1; Villarreal, 0


Bufandas al aire. Cánticos enloquecidos. Nadie abandonó su butaca hasta que la fiesta se trasladó a la calle. Los abrazos sobre el césped quedaron en un segundo plano ante la locura colectiva que se apoderó de las gradas. El Valencia tiene una cita con la historia, el sueño de la Liga se solapa con el de la Copa de la UEFA y el equipo superó anoche con brillante desparpajo el penúltimo gran obstáculo en su camino hacia la gloria.

La denostada competición continental reservaba un inesperado regalo, un manjar para paladares exigentes. Valencia y Villarreal desplegaron un fútbol vibrante, lucharon hasta la extenuación por hacerse un hueco en la historia y confirmaron que la verdadera final de este torneo, al margen de cuanto ocurra en Gotemburgo, se ha disputado en Mestalla.

Hubo dos partidos en uno. El primero duró apenas quince minutos de una intensidad superlativa. En ellos el rodillo de Benítez demostró que la ilusión por el doblete pesa mucho más que los kilómetros recorridos a estas alturas de temporada. Xisco y Sissoko lograron que nadie añorara a Vicente y Rufete, aunque el arranque visceral no tuvo nombres propios, sino la vitola de un juego colectivo arrollador.

El asedio blanquinegro no tardó en desorientar al Villarreal, y en sólo cinco minutos Reina y sus compañeros de resistencia ahogaron hasta cuatro veces, sobre la misma línea de puerta, el grito de gol de una grada tan desmelenada como su equipo. En su intento por hacer valer el peso de la historia, el Valencia buscaba el marco rival desde cualquier posición, sin complejos, y lo encontró de la forma más inesperada: un balón dividido, un salto limpio entre Belletti y Mista, un mínimo contacto... y penalti. El libro de estilo de Díaz Vega ha rebasado los Pirineos.

El mano a mano desde los once metros no tenía desperdicio. De frente, el pichichi del fútbol español. De espaldas, un portentoso parapenaltis. Mista no lo pensó. Desenfundó primero y firmó un blanco perfecto. Un gol que vale una final continental.

La eliminatoria estaba encarrilada, pero no resuelta. Abortados todos los esquemas, empezaba un nuevo partido. Apenas un cuarto de hora había necesitado el Valencia para elevar al marcador su derroche de ambición, justo el tiempo que tardó su adversario en entender que jamás se ha escrito nada de un cobarde. A fin de cuentas, el Villarreal seguía estando a un gol de Gotemburgo.

Sin el colchón que proporcionaba una prórroga ya imposible, ambos equipos se pusieron en manos del fútbol y el espectáculo eclosionó. El submarino amarillo, lastrado por la apatía de Riquelme, redescubrió a Cañizares gracias a la movilidad del hiperactivo José Mari y el peligro del siempre amenazante Anderson. Mientras, el trasatlántico blanquinegro, tras poner en orden las emociones, activó su fulminante acordeón. Tensión defensiva, desgaste ejemplar de un Albelda omnipresente y endiablados contragolpes. Sissoko, Angulo y Mista permutaban posiciones, Xisco enloquecía a Belletti y el fútbol total se apoderó de un Mestalla convertido en meca del fútbol.

El escenario cambió por completo. En 30 minutos apoteósicos, Valencia y Villarreal resucitaron la depauperada Copa de la UEFA. Y el espectáculo prosiguió tras el descanso, aunque, a medida que se oteaba en el horizonte la silueta de Gotemburgo, la fiesta del fútbol ofensivo se fue diluyendo hasta devolver su trono a la estrategia y la calculadora.

El cuadro castellonense aceptó con agrado el regalo de la pelota, aunque durmió el partido cuando lo que necesitaba era ponerlo en ebullición. Cimentó sus esperanzas en el peligro que llevan sus artistas adherido a los borceguíes, pero el fútbol, cuando carece de gol, es baile de salón. Por eso el Valencia, sin perder la cabeza, anduvo siempre más cerca de la sentencia que el Villarreal.

El descomunal Reina asumió la responsabilidad de mantener viva la emoción y sus grandes intervenciones obligaron a Benítez a quemar todas las naves. Primero fue Vicente quien dejó a un lado gripes y goteros para devolver la cordura a una vanguardia donde Sissoko, magnífico hasta entonces, comenzaba a ser un tapón. Y luego llegó la hora de Pablo Aimar. Velocidad y pase. El técnico madrileño quería sentenciar.

Sin embargo, al Valencia le va la emoción. Tiene querencia a las sensaciones fuertes. Sus mejores ocasiones murieron en las manos de Reina, muy acertado toda la noche, cuando no lo hicieron en las botas de Coloccini, lo que deparó una recta final presidida por la incertidumbre. Emoción que no hizo sino dar más realce a la victoria y al pase a la final de la Copa de la UEFA, merecido ante un honrado Villarreal. El doblete llama a la puerta. El próximo 19 de mayo aguarda una cita con el destino. Hay un trofeo y una buena porción de gloria esperando a su propietario. Y en ella no sonará la Marsellesa.

(Crónica del partido de vuelta de las semifinales de la Copa de la UEFA 2003-04, publicada en LAS PROVINCIAS el 7 de mayo de 2004)

El Valencia ensaya el alirón

Valencia, 2; Betis, 0


El crack, el gran Aimar, ha vuelto. Y lo hace en el mejor momento, como invitado de lujo a una fiesta, la del título, a la que sólo falta buscarle día y hora. El Valencia sentenció anoche la Liga y aplastó al Betis sin contemplaciones, con la suficiencia de quien se sabe superior; de quien ya se siente campeón.
El equipo de Benítez se ha adueñado del tiempo. No mira al reloj, ni corre de forma atolondrada. Para él, se terminaron las prisas. Anoche necesitaba la victoria como el comer, pero supo elucubrar de forma maquiavélica con su destino. Esperó hasta conocer las prestaciones del contrario y, cuando vio que éste en realidad no existía, que se estaba jugando la Liga consigo mismo, aún tuvo arrestos para aguardar una oportunidad que, por fuerza, tenía que llegar.
Al margen de la victoria, el duelo ante el Betis dejó otras muchas buenas noticias. Una es, lógicamente, el regreso de Pablito. Basta con ver cómo juega el Valencia con él para entender cuánto le echaba de menos. Pero igual de providencial ha sido la resurrección de Baraja. Cuestión de mimetismo. En cuanto Aimar comenzó a gambetear, el vallisoletano recuperó su mejor imagen. Fue el otro protagonista de la noche, ya que de sus botas partió el mágico pase del primer tanto y el disparo que, tras el descanso, finiquitó el encuentro y, probablemente, la Liga.
El Valencia no goleó porque no lo necesitó. Es la conclusión lógica de una confrontación absolutamente desequilibrada. A un lado del cuadrilátero estaba el mejor de los onces que puede alinear Benítez, sin más sorpresa que la baja de Carboni por lesión. Al otro, un Betis desangelado, más pendiente de los últimos coletazos de la Feria de Abril que de jugarse los cuartos ante un púgil que hace de la honradez su principal virtud. Al trivote de Víctor Fernández le quemaba la pelota en los pies, mientras que dos puñales como Joaquín y Denilson parecían en Mestalla simples cuchillas de afeitar.
Los andaluces apenas dieron un par de sustos. Todo el peso del juego recayó en este Valencia poliédrico, capaz de desconcertar al contrario con su deprimente solidez defensiva, cimentada en un imperial Ayala, y de obnubilarlo acto seguido con inesperadas hemorragias de fútbol de ataque.No hubo partido, sino un soliloquio blanquinegro. Como los grandes escaladores, el cuadro local funcionó a tirones. Y cada vez que tensó la cadena, el Betis se desfiguró hasta perder rueda. Si en quince minutos, los primeros, no pasó nada, en apenas sesenta segundos el área de Prats se vio cercada, con letales saques de esquina y hasta dos balones consecutivos repelidos bajo los palos por Tais y Juanito. Así discurrió el partido. Así ganó el Valencia.
Embestidas como ésta servían para tranquilizar a una grada entregada al delirio sin reservas: al margen del marcador, el F-18 de Benítez funcionada a pleno rendimiento. Todo era cuestión de paciencia. Volaba con el piloto automático y no necesitaba más. Adolecía de falta de continuidad en el fútbol ofensivo, pero destilaba jerarquía.
Ni siquiera contratiempos como la lesión de Rufete cambiaron el alentador panorama. Y eso que su duelo con el imberbe Melli prometía llevar al Betis a la bancarrota. Pero el líder es, además del mejor equipo de España, el más versátil. Entró Jorge López por el alicantino y Benítez ni retocó su dibujo táctico.Mestalla era una olla a presión y sólo faltaba un gol para hacerla estallar. Mista, que lo buscó con ahínco durante toda la noche, hubiera mojado antes del descanso de no emerger de las penumbras un imponente Prats.
Pero el gran caramelo estaba reservado para un secundario, el tantas veces discutido Curro Torres. Baraja le dio un pase sideral, Denilson tomó la voz cantante en una defensa de tuna y el lateral blanquinegro, héroe por accidente, se encontró con el balón y con un pasaporte para la posteridad: 1-0.Si lo visto hasta entonces ya era muy bueno, lo mejor estaba por llegar. Angulo, renqueante, dejó su puesto a Aimar y el argentino apenas necesitó tres minutos para convertir una gran asistencia de Jorge López en un pase todavía más espectacular a Baraja. El centrocampista, de toque sutil, abrió las puertas de la sala de trofeos.
El estrambótico Betis se descomponía por momentos. Su línea medular, deleznable, veía circular con impotencia los pases de Aimar, enloquecía ante los quiebros de un Curro que por momentos pareció evocar a Maradona y el chaparrón de fútbol parecía conducir a una lluvia de goles.Tal era el empuje de sus hombres que Benítez tuvo que pedirles mesura para evitar que la borrachera de emociones desembocara en una inesperada resaca. Como la que impedirá a Mista jugar el partido de Sevilla por un lance infantil. No pasa nada. Este Valencia, por encima de una colección de nombres, es un equipo. Y huele a campeón.
(Crónica del partido Valencia-Betis correspondiente a la Liga 2003-04, publicada en LAS PROVINCIAS el 3 de mayo de 2004)

Paco Roig pedirá entrar en el consejo

Paco Roig será nuevo consejero del Valencia CF, en sustitución del dimisionario José López Lluch. Así lo acordaron anoche los miembros de la plataforma 'València. Cor i Força', quienes han propuesto a Juan Armiñana como suplente. La postura oficial de Roig es marcarse un plazo de 24 horas para decidir si acepta encabezar la lista para cubrir esta vacante, ante el posible bloqueo de sus acciones. Sin embargo, fuentes próximas al ex presidente aseguran que la decisión está tomada y que la entrada de éste en el consejo, en cumplimiento de la ley, es un hecho. A la reunión asistieron Juan Armiñana, José Luis Jiménez, Vicente Soriano, Evelio Hoyos, Arturo Blanch, Bienvenido Asensi, Marcelo Safont, Juanjo Rodri y el propio Roig.

Aunque no hubo declaraciones oficiales, miembros de 'Cor i Força' aseguraron al término de la reunión que el nacimiento del G-9 no trastoca en ningún caso sus planes, ya que, según su análisis de los hechos, en estos momentos el sindicato atesoraría cerca de 48.000 acciones propias, frente a las 46.000 del grupo del ex presidente, que en caso de tener en cuenta también las delegadas rondaría las 60.000.

'Cor i Força' permanece a la espera de que el club le notifique la baja de López Lluch, al tiempo que hará llegar de inmediato a la entidad el acuerdo de ayer.De forma paralela, una parte del grupo de consejeros que integran el G-9 tenía previsto celebrar ayer una reunión para determinar la forma y el número de acciones que cada uno de ellos compra a Soler, hasta completar la cifra de ocho o diez mil establecida en el compromiso para la sindicación de los títulos, que quedarán unidos por diez años.

Enrique Lucas, abogado de Soler que elaboró el protocolo de sindicación y el documento de compromiso de compra, espera conocer en las próximas horas el reparto establecido para completar el texto que, antes del viernes y ante notario, se elevará a escritura pública.

El acuerdo de los integrantes del colectivo con Soler es la adquisición de alrededor de un millar de títulos cada uno de ellos, al precio de 600 euros por acción, mediante un préstamo del 80% del montante, avalado por las propias acciones.

Precisamente en la reunión de ayer se pretendía establecer los criterios para la adquisición de los títulos mediante el crédito y al mismo tiempo conocer los intereses bancarios que supondrá la operación.

El G-9 no es un grupo cerrado y, a pesar de que hay consejeros del Valencia que inicialmente han quedado al margen, podrían incorporarse al mismo. Es el caso del vicepresidente Jesús Barrachina, quien ayer confirmó a LAS PROVINCIAS que no descarta comprar acciones. "Lo haré siempre que las condiciones de la operación sean las que conocemos. En el G-9 no hay números clausus y se pretende crear un grupo fuerte. El consejo va a seguir hasta final de temporada y luego ya veremos. No sé si seguiré. Depende de los compañeros de viaje", dijo.

Motivado por la repercusión que, de cara al futuro del club, tendrá la sindicación de acciones, en las últimas horas se han disparado las especulaciones, entre las cuales incluso se llega a insinuar una remodelación del consejo con la presencia del letrado Enrique Lucas, cosa que él desmintió ayer de forma categórica. Desde el propio grupo se afirma que no habrá variación hasta final de temporada.

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 11 de febrero de 2004)

Ponga un ídolo en su vida

Cuando tenga problemas, ponga un ídolo en su vida. No le ayudará a resolverlos, pero al menos sí a olvidarlos. Para el idólatra, un gallo de David Bustamante puede ser más duro que un dolor de muelas y un catarro de Pablo Aimar, peor que un mal día en el trabajo.
Ídolos hay de todos los tipos. También el camino hacia el encumbramiento social tiene más o menos curvas según quien lo recorre. A algunos se les pide unos mínimos requisitos: carisma a los actores, labia a los políticos... A otros les basta con hacer bien su trabajo o ser gente normal. Es el caso de los deportistas o los chicos de "Operación Triunfo".
La conquista de la Liga y la llegada de la gira del popular concurso televisivo han permitido a peloteros y aspirantes a cantante poner Valencia a sus pies. Fiebre colectiva, aeropuertos colapsados, gente que hace de la calle su hogar y de la lluvia un compañero para poder verlos de cerca... Son ídolos.
Lo del Valencia resulta más que lógico a tenor de la gesta conseguida. En el caso de "Operación Triunfo", lo que menos importa a sus admiradores es la aptitud de los chavales para la música. Fascina el aura de gente corriente que les envuelve, salpimentada por la sobredosis de exposición mediática.
Sin embargo, todos ellos deben saber que del cielo al infierno se va en ascensor. La sociedad tiene tanta facilidad para crear ídolos como para destruirlos. Que se lo digan a Mendieta o a Mijatovic. También a "Operación Triunfo" le salen ahora sesudos detractores que ven detestable vulgaridad en lo que antes era admirable sencillez. El camino inverso ha recorrido el nuevo fetiche de Mestalla, Rafa Benítez, antihéroe por naturaleza. En diciembre pedían su cabeza los mismos que ahora la coronan.
Siempre ha sido así, aquí y en Sebastopol. Ni el hoy mito Clark Gable se salvó de estos radicales contrastes. Apuntan las malas lenguas que de joven la miseria le obligó a practicar la prostitución en los círculos homosexuales de Hollywood. Años después, hasta el mismísimo Hitler ofreció una recompensa a quien lo llevara vivo ante él. Era su ídolo.
(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 13 de mayo de 2002)

Atrapados en el tiempo

En una de las comedias más hilarantes de los noventa, Bill Murray encarnó a un periodista que quedó atrapado en el tiempo y cada mañana, al abrir los ojos, revivía el día anterior. Todo se repetía y debía afrontar una jornada tras otra las mismas experiencias. Al final, pese a su absurda situación, se las ingenió para sacar partido de la misma y pasar, de una vez por todas, la hoja en el calendario. En definitiva, aprendió.
Algo así ocurre en la Comunidad Valenciana, salvo que aquí la capacidad de reacción parece nula, la sensación de impotencia se acrecienta y estamos condenados a vivir eternamente, como Murray, nuestro particular Día de la Marmota. En efecto, abordar una vez más las perniciosas consecuencias de un temporal puede sonar, por reiterado, a la cantinela de siempre. Sin embargo, mirar por el retrovisor semanal y obviar esta cuestión sería absurdo.
Queramos o no, es lo que hay. Esta tierra de luz y calor se convierte, cada vez que a Eolo, Thor y su cohorte de aguafiestas se les va la mano, en un infierno. Otra vez las lluvias han azotado Valencia, Alicante y Castellón. Y de nuevo se ha activado, como un autómata, la máquina de las desgracias: daños materiales cifrados en millones de euros, playas destrozadas antes de que diera tiempo a regenerarlas, tres muertos en carretera, otro engullido por un río, las suspicacias de siempre en torno al despliegue del operativo de seguridad...
La visita a la hemeroteca confirma la excepcionalidad del enésimo temporal que ha zarandeado sin piedad la Comunidad. Desde mediados del siglo pasado no se vivía una primavera tan lluviosa.
De nuevo la zona más dañada ha sido esa franja maldita, cuando de mirar al cielo se trata, que se extiende entre la Ribera y la Marina. Veinte mil personas se quedaron el lunes sin luz, el granizo apedreó la Safor con saña y hubo que amarrar la flota. El martes todo se escapó de las manos: seis comarcas a oscuras, 50.000 vecinos Ðcómo no, de la MarinaÐ sin agua potable, siete puertos cerrados, desalojos en urbanizaciones, ríos y barrancos desbordados, pluviómetros enloquecidos que alcanzaron los 700 litros, una cárcel como la de Picassent desprovista de sus alarmas...
Tras el temporal meteorológico llega, como casi siempre, el dialéctico. Obvio es que no se puede hacer nada para evitar que llueva o truene. Pero, ¿no hay forma humana de prever los embates del tiempo y atenuar sus efectos? ¨Deben los valencianos resignarse a pasar de la sequía a las inundaciones sin hallar un equilibrio? Quizá en ambos casos se tenga que asentir, pero aun así quedan demasiados interrogantes abiertos.
Habría que plantearse por qué no se alcanza de una vez el acuerdo que permitirá construir la línea de alta tensión que acabará con los apagones letales para la hostelería; por qué el Consorcio de Bomberos de Valencia no refuerza su plantilla en plena alerta; por qué se permite urbanizar zonas anegables; por qué no se renuevan las conexiones de la red de aguas pluviales en algunas carreteras conflictivas, antes de que inunden viviendas y talleres, como ha ocurrido en Pego... Sólo son unas cuantas sugerencias.
(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 12 de mayo de 2002)

Todos llevamos un viejo encima

La soledad puede ser maravillosa. Sobre todo cuando el individuo la elige libremente y, además, es capaz de renunciar a ella en el momento en que le plazca. Pocos instantes hay tan deliciosos como aquel en que uno se ensimisma y se despoja del agobio del día a día para bucear un poco en su interior.
Sin embargo, cuando esa misma soledad llega impuesta se convierte en veneno y transforma la vida en un horrendo callejón sin salida. En esa situación se halla uno de cada seis jubilados valencianos, olvidado por sus congéneres y condenado, en muchos casos, a morir sin encontrar unos ojos conocidos a los que dedicar la última mirada.
De ahí que sean plausibles iniciativas como la que ahora prepara el Ayuntamiento de Valencia y que desde hace más de un año se aplica en Castellón. Alojar a los estudiantes que residen fuera de la ciudad en casas de personas mayores constituye el más entrañable ejemplo de simbiosis humana. Juventud y madurez van de la mano y cada una aporta a la otra cuanto necesita. La primera, alegría de vivir; la segunda, un hogar y, en el mejor de los casos, la impagable experiencia acumulada durante décadas.
Cualquier implicación en este problema es poca. Por eso, a pesar de la buena voluntad que se supone a los poderes públicos, chirrían datos como el que revela que el 90 por ciento de las personas mayores sin compañía carece de ayuda a domicilio. Si es por falta de información, pediría a los políticos que difundan su mensaje con la misma ilusión con que lo harían en una campaña electoral; si por el contrario se debe a constricciones presupuestarias, que hagan modificaciones de crédito o expriman las piedras.
Quienes menos merecen verse desterrados al olvido son los mayores, junto con los niños las personas más necesitadas de atenciones. Aunque sólo sea por egoísmo. Parafraseando a Serrat, cada uno de nosotros debería ser consciente de que lleva un viejo encima.
(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 6 de mayo de 2002)

La falta de medios amenaza los juicios rápidos

Querer no siempre es poder. Tres días han bastado para que comience a tambalearse el castillo de naipes de la 'justicia express' en la Comunidad Valenciana. Son los transcurridos entre el anuncio, el sábado, de la implantación de los juicios rápidos antes de verano y la inmediata invitación, el martes, del presidente del Tribunal Superior a poner los pies en el suelo y estudiar si hay mimbres para ese cesto. De la euforia de los representantes políticos al pragmatismo de los profesionales, en apenas 72 horas.
El proyecto en sí es loable y, por ello, muy ilusionante. Tal como desgranaron las autoridades autonómicas y estatales, se trata de conseguir que los delitos de malos tratos, robos y hurtos, así como las faltas, pasen por la criba de la Justicia lo antes posible, de modo que dos semanas después de su comisión ya haya una sentencia.
De esta forma se evita la reincidencia y, lo que quizá ahora sea más importante, se acaba con la sensación de impunidad y se inyecta confianza en la judicatura a una sociedad sumida en el desánimo a raíz de la escalada delictiva.
Conviene recordar que la inseguridad ciudadana dejó hace tiempo de ser un problema meramente policial. Basta con mirar al vecino francés para comprobar que un clima similar al que vive la Comunidad Valenciana puede convertirse en alimento para movimientos como la extrema derecha. De ahí que sea crucial recuperar la fe social en la eficacia del Estado de Derecho.
Sin embargo, la Justicia es ciega, pero no atolondrada, y ya ha advertido a los políticos de que están gestando un gigante con pies de barro: no hay infraestructura, ni medios humanos, ni tal vez ni siquiera presupuesto suficiente, para llevar adelante este proyecto con todas las garantías procesales.
No se trata, además, de un razo namiento inesperado. Al contrario, tanto el decano de los jueces, Fernando de Rosa, como el presidente del Tribunal Superior, Juan Luis de la Rúa, llevan realizando sucesivas llamadas a la reflexión.
El gran problema de la Comunidad Valenciana es que no ha sabido, hasta el momento, adaptarse a las circunstancias, que hacen que unos medios que antes ya no sobraban resulten ahora visiblemente insuficientes. El auge demográfico en el litoral, sobre todo en Alicante, y el aumento de los delitos pueden terminar de obstruir las canalizaciones por las que, supuestamente, ha de fluir esa justicia rápida. De hecho, las causas penales investigadas en Alicante y Valencia aumentaron un 16% en el transcurso del último año.
Las necesidades parecen claras, al menos para el juez decano de Valencia, que por pedir pidió en febrero hasta siete nuevos juzgados, además de otro de guardia. De momento, sólo este último parece cobrar cuerpo. Quizá baste para poner en marcha juicios rápidos, pero no paliará la precariedad actual.
Si se quiere apostar por una Justicia moderna, con sentencias en 15 días, reclusos que declaran por videoconferencia y trámites totalmente informatizados, magnífico. Pero hay que comenzar la casa por los cimientos. De lo contrario, se vendrá abajo y alguien podrá decir que ya lo advirtió.
(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 5 de mayo de 2002)

La inmolación social de los jóvenes

La indisciplina en las aulas preocupa, y mucho, a los españoles. El último sondeo del Centro de Investigaciones Sociológicas refleja la opinión generalizada de que se necesitan más castigos para paliar problemas como la falta de modales o de ganas de aprender en el alumnado. Paralelamente, otro informe atiza el fuego al admitir que en seis de cada diez conflictos escolares subyacen insultos a profesores.
Ante tal panorama, lo cómodo es evocar supuestos tiempos pasados idílicos para denostar los actuales. Sería, sin embargo, un error, porque salvajes e inadaptados siempre ha habido. Y vagos, también. Resulta indudable que la situación en las aulas dista mucho de la ideal, pero parece injusto satanizar a las nuevas generaciones, condenadas últimamente a purgar todos los males del mundo. No necesito forzar la memoria para recordar, en mi etapa estudiantil, situaciones demenciales. He visto desde el pupitre arrojar bocadillos, sillas y hasta ladrillos a través de ventanas; profesores de baja por depresiones más que comprensibles mientras sus imberbes torturadores se frotaban las manos... Por no hablar de ritos vandálicos como el lanzamiento de huevos contra alumnos noveles, cruel ejemplo de terrorismo psicológico.
Respecto a la necesidad de castigos, sí y no. Recordaría a los padres que la educación es sobre todo obligación suya más que de los profesores, y que en muchas ocasiones lo que se ve en las aulas refleja las carencias del hogar. Además, el principio de que la letra con sangre entra está ya fuera de onda. No olvidemos que el loco que mató a 17 personas en un instituto alemán había sido expulsado.
Sin embargo, ante las quejas por la falta de calidad de la enseñanza no queda más remedio que asentir. Es inadmisible que un alumno termine secundaria sin calcular con decimales o entender metáforas, como reflejó un informe del Ministerio. El gran fracaso del Gobierno no es la reforma de la enseñanza en sí misma, sino haber sido incapaz de convencer a la sociedad de su conveniencia.
(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 29 de abril de 2002)

Valencia no logra la paz en Oriente Medio

Se hizo lo que se pudo. La convulsión que sacude Oriente Medio revistió con galas de conferencia de paz un evento que en principio perseguía un objetivo mucho menos ambicioso: potenciar el papel del Mediterráneo en Europa. Sin embargo, la necesidad humana de frenar la barbarie, las matanzas que día a día salpican las conciencias en Occidente, exigían aprovechar cualquier ocasión. Y el encuentro ministerial de Valencia parecía marcado por el don de la oportunidad.

Pero era más una ilusión que un proyecto viable, una lucha baldía contra los elementos. Desde los prolegómenos se vio que las posturas estaban demasiado enconadas como para pensar en milagros. Una sola persona puede comenzar una guerra, pero se necesitan al menos dos para firmar el armisticio. Y la Eurocumbre dejó traslucir tanto odio que ni siquiera fue posible la protocolaria foto de familia.

Aun así, los avances en este terreno no han sido desdeñables. Valencia logró sentar en una misma mesa, aunque a regañadientes, a israelíes y palestinos. También consiguió que Sharon recibiera a una delegación de la Unión Europea encabezada por Javier Solana, menospreciado apenas una semana antes por el primer ministro. Quizá no se haya cubierto las expectativas más utópicas, pero cuando concluya la barbarie en Oriente Medio -algún día ha de suceder- nadie negará que el camino de la paz discurrió a orillas del Turia.

La Eurocumbre ha sido mucho más que dos días de intensa actividad diplomática. Eran muy numerosos los puntos calientes, y entre ellos destacaba, por los negros precedentes, la protesta de los grupos antiglobalización, para los que Valencia simbolizaba, como antes Barcelona, Génova o Portoalegre, la quintaesencia del capitalismo. Se temía que hubiera graves al tercados, pero las salidas de tono de unos pocos no deslucieron lo que, a la postre, constituyó una gran fiesta para todos aquellos que creen posible un mundo diferente.

Nada que ver con el manto de pesimismo que se cernió sobre la gran conferencia desde el momento de su inauguración. Líbano se sumó al boicot sirio, mientras que los países árabes reiteraron su demanda de que Israel fuera excluido. Fracasaron en su empeño, pero se desquitaron 24 horas después, al darse el gustazo de abandonar el plenario y dejar al viceministro de su irreconciliable enemigo con la palabra en la boca.

En otras parcelas la cita valenciana sí dio los frutos esperados. De hecho, la anterior cumbre de Barcelona, envuelta por una mayor magnificencia y pompa mediática, no aportó mayores logros. Entre los indudables avances, destaca el acuerdo unánime de colaboración judicial entre estados y contra el terrorismo; la fijación por fin de una fecha para el libre comercio entre la Unión y los países árabes; el refuerzo del protagonismo estratégico del Mediterráneo; el compromiso de los empresarios para unir esfuerzos y demostrar que Benedetti tenía razón cuando dijo aquello de que el sur también existe... Pero, por encima de todo, lo dicho, se hizo lo que se pudo. Además, ofreciendo una lección de organización y civismo. Y quien da cuanto tiene...

(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 28 de abril de 2002)

El lado más oscuro del ser humano

Era niña, pesaba casi cuatro kilos y tenía una vida por delante. Sin embargo, a falta de conocer los resultados de la autopsia, todo parece indicar que fue su madre quien decidió que no merecía ninguna oportunidad y la dejó morir en medio de un amasijo de compresas y sangre. El suceso, ocurrido en Alicante, ha venido a demostrar que el ser presuntamente humano puede abanderar macabros comportamientos que repugnarían al más desalmado animal.
¿Qué pasó por la cabeza de esa madre?, por darle el título que, de confirmarse el homicidio, sólo biológicamente merece. Es difícil de entender. En estos casos siempre surge algún iluminado que alega que la mató por exceso de amor, para evitar una vida de penurias y dolor a la criatura. Tal vez fuera así, o quizá prefiera ella pensar de este modo para atenuar el molesto martilleo que golpea incluso las conciencias más adormecidas. Pero también en ese caso habría asumido una decisión que no le compete, un parricidio en toda regla, de crueldad infinita por la inocencia de la víctima, muerta antes de poseer ni siquiera un nombre.
A mano tenía esa madre recursos para evitar tan injusto desenlace. Pudo recurrir en su momento al aborto, si sus fundamentos morales se lo permitían, o pensar que mucha gente menos afortunada no es capaz de tener hijos y daría su vida por hacer feliz a quien ella presuntamente condenó a muerte.
Sería triste que hechos como éste pasaran desapercibidos, engullidos por la creciente violencia de una sociedad donde ya no sorprende ni que una anciana de 96 años apuñale a su hermana de 89. Ojalá la autopsia desvele que la muerte de esta niña alicantina se produjo de forma accidental durante el parto clandestino; ojalá el único pecado de la madre sea, y no es poco, haber abandonado el cuerpo sin vida de su hija en un solar infecto. De lo contrario resulta ya muy difícil creer en la especie humana. Quien ha saboreado las mieles de la paternidad sabe de qué hablo. Y quien no, también.
(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 22 de abril de 2002)

Quo vadis?

Dos mil años después de su construcción, y transcurrido más de un siglo desde que se convirtió en el primer Monumento Nacional declarado en España, el teatro romano de Sagunto sigue agonizando. Sus enemigos no han sido ni los embates del tiempo ni los agentes naturales, sino las decisiones políticas de unos y la indefinición de los otros. Ahora, cuando por fin Cultura parece decidida a cumplir la sentencia del Supremo, y de paso la promesa electoral que el PP formuló en 1999, se ha reavivado una polémica tan tempestuosa como estéril que sólo puede tener un desenlace: devolver al César lo que es del César y retirar las lápidas de mármol bajo las que el PSPV sepultó, ilegalmente, una joya patrimonial.
Argumentos no faltan. Al Gobierno valenciano lo avala un dictamen judicial emitido hace ya 18 meses, el cual a su vez refrendó otro fallo siete años anterior. Se trata de algo tan sencillo como hacer cumplir la ley y derribar una estructura ilegal. Sucede, sin embargo, que quienes promovieron este atentado contra el patrimonio parecen ahora dispuestos a erigirse en salvadores del mismo, ignorando que el hombre es tan esclavo de sus palabras como soberano de su silencio. Olvidada parece estar la garantía de reversibilidad que en su día dieron los arquitectos ejecutores del proyecto. Ahora el PSPV considera que devolver el teatro a su estado original significará destruirlo. Difícil parece la comunión entre ambas tesis. Es sólo parte del vehemente discurso político, preñado de cargas de profundidad y de declaraciones cuanto menos chocantes, desplegado a lo largo de la semana. El principal partido de la oposición también calificó sin pudor de "gasto fastuoso" y "desprecio total por el patrimonio" la reversión de las obras. Si las piedras hablaran...
Pero no sólo los políticos se han pronunciado. El debate está en la calle y también ha habido manifestaciones procedentes de otros ámbitos. Como la del presidente del Consell Valenciano de Cultura, Santiago Grisolía, quien se alineó con la tesis socialista y calificó de "barbaridad" la retirada del mármol. Su argumento, el alto coste y las escasas posibilidades de éxito. Además, el científico se descolgó con una inesperada propuesta: destinar ese dinero a la construcción de un parador nacional en el castillo de Sagunto e incentivar así su recuperación. Mientras no sea de mármol ni sepulte los pocos restos de la histórica fortaleza que resisten en pie...
Paralelamente, el alcalde de la capital del Camp de Morvedre, Silvestre Borrás, cumplió con su obligación de barrer para casa y subrayó la compatibilidad de ambas intervenciones: es posible recuperar el teatro y también el castillo. La responsabilidad, por lo tanto, recae ahora sobre la Generalitat, que parece haber tomado una decisión. A fin de cuentas, exhumar el teatro romano puede tener en cualquier caso consecuencias positivas. Si la intervención es un éxito, Sagunto recuperará uno de sus símbolos. Y si se produce un fracaso, al menos contribuirá a airear lo que se hizo con el monumento. No en vano, eso también es ya historia.
(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 21 de abril de 2002)

El enemigo está en casa

Hasta 41 centros comerciales está previsto construir durante los próximos cuatro años en la Comunidad. Casi nada. Si todos los proyectos prosperan, habrá ya 75. Dicho de otro modo, se avecinan tiempos aún más difíciles para el pequeño comercio, que lucha con tirachinas contra carros de combate.
Uno, firme defensor (menos práctico que teórico) del entrañable negocio tradicional, donde el comprador es mucho más que una tarjeta de crédito, no puede considerar ésta una buena noticia. Sin embargo, ciertas pequeñas tiendas de barrio corren el riesgo de hacer que termine siéndolo. Sobre todo si en lugar de espabilar se refugian en la fidelidad del cliente y se dejan comer más terreno. La dejadez de una minoría puede desembocar en la ruina de todos.
Esta reflexión me asaltó días atrás, cuando decidí realizar unas compras cerca de casa. Quizá otra vez ni me lo habría planteado, pero me dio por ser fiel a los principios y no dejarme absorber por el tifón de las grandes superficies. El reto no parecía complejo: tan sólo necesitaba duplicar un mando a distancia de garaje y comprar varios discos de ordenador. Será cosa de veinte minutos, pensé. Y unas narices.
En la ferretería de turno, el dueño había ido al banco. Una nimiedad de no ser porque sólo él conocía cómo funcionaba la dichosa maquineja. Su consorte me invitó a esperar. Cuando ya no había catálogos por leer ni tornillos que contar apareció el buen hombre. Sin alterar su rictus, se disculpó: el mío era el único mando del mundo que no podía duplicar. Menuda casualidad. Contrariado, fui a por los discos. El vendedor frunció el ceño en cuanto formulé el pedido. Aunque los tenía en cantidades industriales, sólo me los podía dar si aceptaba renunciar al ticket de compra, pues la chica de la caja registradora estaba almorzando.
Decidí entonces dejar los principios para el próximo 30 de febrero. En diez minutos estaba en un centro comercial, quince después tenía mi mando, seis más tarde los discos, con ticket y todo, y encima me corté el pelo y entré al cine. Es para pensárselo.
(Artículo publicado en LAS PROVINCIAS el 15 de abril de 2002)